25 jun 2006

Rarezas De Un Secreto





Su última carta era un tres de oros. Lo arriesgo todo, sabia que mucho no iba a hacer. Pero lo jugo con fe. La fe que se tiene un novato en el juego.


Y así fue como Nicolás perdía su alma en día de su cumpleaños. Una bella gitana le regalo lo que le quedaba de su vida y el oxigeno que necesitaban sus pulmones.

El muchacho que era loco por excelencia, esta vez había tomado el rumbo correcto. Pero el último. El que había esperado en cada una de las veces que se repetía su sueño de infancia.

En ese sueño él se veía dentro de una inmensa caja de regalos, en la que corría adentro. Cuando salía de ella, solo lo cubría una oscuridad única casi ciega, espantosa. Ahí era cuando de niño despertaba hundido en lágrimas, su madre lo recogía y lo envolvía con sus brazos tibios.


Era un mundo de mil calles, indestructibles. Era sólo un mundo, uno más de la galaxia. Y en una de esas mil calles Nicolás revivía su sueño de niño.

Cada minuto que pasaba de su vida, era aquella caja de regalos en tinieblas.

La sonrisa de Nicolás era creíble, era un ser extraño, particular y especifico. Un filósofo de una vida perdida en un jardín de rosas y opio. Sus ojos grises indios. Su alma tan libre, que nadie invadía... Un pequeño héroe en calles de zombis hostigados, curtidos por el viento y el sol. Nicolás amaba el numero tres y el oro. Por eso se explica su última jugada en aquel juego.

Él poseía un medallón de oro que simbolizaba el limbo. También llevaba un pequeño aro, también de oro, que le daba cosas que hacían a su esencia.

Sus rosas no marchitaban porque lo amaban, su vitalidad hacia su propia primavera. Él era el amor en su cuerpo trigueño.

No podía perder la razón en un mundo tan innegable. Pero ese día que su alma fue más frágil que nunca decidió volar e ir a buscar su hechizo... y cavilar...

Su amada y bella gitana le dijo:...


Su viaje había empezado y todo un horizonte de rutas infinitas se había abierto a sus pies. Fue feliz cuando el fuego quemó sus ojos. Así comenzó a soñar...



Soñé que era un ave, un pájaro azul, un águila azul, veloz y fuerte. Tenazmente cruce al mar, un mar gris y verde. Ahí encontré la hermosura de la vida y en el fin de ese mar encontré el principio, un poco más allá un nuevo fin. Vi una cosa extraña sentada en un desván; era graciosa, pero ella estaba triste. Se llamaba Muerte. Le pregunte el por qué de su dolor y contestó que llegaba su hora. En unos días cambiaría a la Vida.

Yo volé en infinitas alturas. Cuando vi los martirios de mi calle, me arrepentí. Estuve allí, cuando los psicodélicos suicidas dejaban sus hogares para caer en el infierno. Me senté a descansar; al cabo de tres minutos recordé aquel desván, corrí hacia él.

Al llegar allí la Muerte ya no era Muerte, era la Vida. La engendra bebés. Me quede ahí. En ese momento mi agotamiento era inmenso.

Vi pasar muchos amigos. Los vi renacer, vi nacer a mis hijos. Conocí de chiquitos a mis abuelos, a mis padres. Me vi a mí mismo. Allí estuve tres siglos. Que fueron idénticos el uno al otro. Imaginariamente bellos. Pero enloquecí y busqué algo mejor que mirar. Seguí mi viaje.


Entre en nubes y calderas. Pero paraísos no encontré.

Volé para reiterar algunas maravillas.

Desperté de mi sueño. Ése, el único que me hizo muy feliz...

De aquellas rutas que atravesé, llegue a una cumbre y vi el hogar que yo siempre quise. Un castillo de enormes torres, paredes casi como murallas y algo mucho mejor.

Cuando crucé la puerta oí el triunfo, el regocijo y lo que a mí me gustaba. Sentir la gloria.

Todo eso era el calor y la paz.


Pasaron tres siglos. Lo que duró el espejismo. En la mañana Nicolás dejo de querer el abismo que se abría a sus pies. Él sólo quería burlar a esos horizontes, e intentar partir.

En esa mañana estaba tirado en el barrio de donde salió su ira. Con furia cruzo las montañas y en la orilla del mal celestial esperó la salida del sol y con gritos en el primer destello, desafiante corrió al Edén. Y supo que ahí el odio y su dolor son uno solo. Oyó el silbido, fue hacia ese lugar. Con sus ojos grises inquietantes vio la guerra; la autodestrucción pasó.

Una de sus manos se quebró y un misil cayó a su lado. Gritos y niños llorando. Tuvo miedo; demasiado espanto. Al cruzar todo aquello, encontró un compañero para continuar con lo que cerraba el circulo.

Su compañero le enseño a tele transportarse por ese mundo oligárquico y a la vez místico que confundía a Nicolás y lo aturdía desde hacía tres horas.

Los compañeros tomaron un colectivo a cuerda que los llevó a un lugar de calles empedradas, de andenes rotos y trenes fantasmas.

Nicolás vio a un niño con un globo rojo y no supo por qué, pero se bajó del colectivo y dejó a su compañero.

Corrió detrás del niño, casi no lo alcanza. Con sus ojos llorosos y su voz quebrada le pregunto al niño:

El niño con su ternura respondió.

Ahí se rompió la óptica y el cristal. Nicolás esta en la oscuridad de su caja de regalos. Esta vez roja y fría. Escucha una voz lenta y perturbada que aclama algo.

Él quiere despertar, no es sólo un sueño. Es una vida y necesita los brazos de su madre aunque sea sólo por esta vez. La última vez.

Lentamente sale y se encuentra en un día claro, poco gris. En un suburbio no lejos de su casa, en un lugar que añora desde niño. Recuerda súbitamente a sus padres y toda su niñez. Hay voces que le demuestran que no puede dejar el pasado allá atrás.

Con esa niñez que a él lo había marcado, se da cuenta de que no hay nada que reprochar a otros, sólo a sí mismo.

Cuando se da cuenta de que siempre estuvo solo y de que él es el héroe, no entiende qué hacer. Se queda quieto, mira hacia su casa; ahí hay algo que lo extraña.

Mil rutas se abren a sus pies, al verlas infinitas y al estar tan confundido decide cortar lazos y abandona sus calles y comienza a caminar para buscar su ser y la percepción.

Sus pulmones se alimentan de un oxígeno ácido que quema su piel y durante tres años la llanura se hace su madre. Cuando siente desconsuelo toma su medallón de oro que es uno con el sol.

Atraviesa todos los paraísos naturales, entre llanuras, mesetas y cordilleras. Llega a la cumbre del fin del mundo, se ve entre el mundo y los cielos, juega, deja su cuerpo caer.

El día es la noche, su cuerpo se desploma, sus huesos están sanos. Esta tirado en la tierra boca arriba, esta entre las montañas y mira la luna. Espera al sol...

Su conciencia es inconsciente, y a la luna le pide más besos fugaces para otro momento de felicidad. Los días siguen, son claros y llenos de dolor.

La lluvia lo envuelve lentamente y el tiempo que vive es demasiado desenfrenado y sabe qué va a encontrar...

Se levanta y camina un poco más. Nicolás encuentra una enorme región de imágenes y sentimientos que están dentro de él.

Todo aquello toma una forma perversa. Descubre su lado oscuro. Ahí entiende, reconoce todo. Se reconoce a sí mismo, toma sus fuerzas. Con sus dedos tantea un sentimiento y no sabe en qué creer, con gritos pide que lo dejen Déjenme, déjenme...

Nicolás vuelve a nacer.

Gasta energías y cuelga un sombrero. Su piel trigueña y su belleza palidecen, siente la asfixia de la serpiente que enrosca su cuello.

Y escapa por última vez.

Se sienta en una mesa con dos desconocidos y el compañero que tenia en ese viaje, esta ahí ahora.

Esta mano de truco es mágica, el misterio carcome la intriga del novato. Su gitana, su bella gitana le habla al oído antes de este nuevo desafió que Nicolás emprende. Pregunta la mujer: Nuestro amigo no comprende... al minuto pierde. La nieve cae sobre su piel, el granizo también. Golpean su piel hasta ensangrentarla.


Cuando despierta, ve su caja de regalos junto a su cama; la abre con miedo a la oscuridad y sabe que no va a perder la razón en un mundo tan poco auténtico. Como el que había ahí adentro de su caja de cristal.

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