11 mar 2008

EL BUEN COMER (Una historia de un hombre goloso)



La idea de perderse en las calles de la ciudad le dio una pasión en el transcurso de su vida. Caminar hasta perderse fue la idea en esa tarde. Desde Villa Crespo a Boedo, camino por la tarde.
Con los pensamientos en blanco y disfrutando del calido aire del verano en la ciudad. Nada de preguntas y nada de respuestas. Solo estar dispuesto a encontrar un mundo de sensaciones desde un simplismo remontado a la cotidianidad de los pasos de sus propias piernas.
En una de esas calles, perdido ya en otro barrio que no era el suyo, su estomago le dio la señal que era la hora de comer. Sin muchas justificaciones se empezó a interiorizar en los alrededores que lo acompañaban.
Camino un par de calles más y sin atención paso un restaurant escondido entre las casas. Pero su instinto del buen comer hizo que vuelva sobre sus pasos. Golpeo la puerta de la casa restaurant. Asomándose por la ventana apareció la mujer gorda de delantal que era la cocinera del lugar de comidas españolas.
Le propuso que le abra la puerta que quería cenar en una de sus mesas. La mujer casi sin emitir palabras, abre la puerta y lo invita a ingresar al lugar. Él se acomoda en una de las mesas, en una dispocisión en la que podía observar el lugar de donde traían los platos que pretendía comer.
Cruza solo un par de palabras con la cocinera gorda, y le insiste en que quiere comer un plato que lo deleite. Sin importar cual. Rechaza varias veces la carta. Solo procuraba llamar a la sorpresa y degustar comidas exquisitas agraciando su paladar. Solo pregunta por la marca del vino y pide una botella.
La mujer sorprendida por la actitud de su cliente, camina atónita hacia la cocina.
Espera un par de minutos él sentado en la mesa que escogió, siendo el único cliente hasta ese momento de la noche. El lugar acondicionado con objetos propios de la cocina española, extraño, pero placentero.
Llega el vino y al rato su primer plato. Rabas. En ningún momento penso que ese plato de rabas sea el que mejor comió en su vida. Porque su paladar ya había probado las mejores rabas del mundo.
Como lo supuso, no eran ricas las rabas, pero tampoco fueron las peores probadas.
El segundo plato lo pidió él mismo. Tortilla a la española. De otra manera no podía ser.
La cocinera sonrío y dijo que ese plato lo hacia ella misma.
Al rato trajo una gran tortilla de papas a la española. La saboreo apetitosamente, pues su paladar afirmaba que era una de las mejores probadas.
En el último bocado de la tortilla, pide el que seria el último plato de la cena.
La cocinera gorda del local de comidas españolas, desafiante se dispuso a preparar el plato final y el que seria el principal. Antes abrió la segunda botella de vino.
Al lugar llegan unas jóvenes mujeres. Con las que se intentó cruzar alguna palabra. En la tentativa se dio cuenta que no eran del target de personas con las cuales se puede mantener alguna charla sin incluir temas como la compra compulsiva de ropas o el estado del clima en la ciudad.
Entonces no hizo más que esperar su plato principal. Al cabo de unos minutos llega la cocinera con una paella de mariscos. La fascinación en los ojos de él era inexplicable.
Era una fuente gigante de paella. Comenzó a comer sin dar demasiados respiros. Obviamente comió los mariscos antes que todo el arroz. A mitad de la fuente su estomago estaba lleno y no podía recibir más bocados. Pero no paro hasta el final.
¡Ya no podía más!
Pero ella, la cocinera gorda, le ofreció a su cliente postre. Él respondió que al cabo de tres esplendidos platos de comida en su estomago no entraba ni un bocado más.
Pero ella como atención de la casa trajo un postre (el cual no tengo las características exactas de qué era y cómo se llama). Solo para no despreciar y probar el sabor de ese postre le dio un primer bocado. Pero sucesivamente vino el segundo hasta terminarlo. Con el final del postre se termino el vino. Y sin darse cuenta al cabo de minutos se desmayo sobre la mesa. Durmió y soñó. Se quedo profundamente dormido.
A la hora exacta despierta y pide la cuenta. Paga sus $ 150, agradece a la cocinera. Y con sus rulos envueltos en el viento. Sale saltando con la panza llena. Para un taxi.
Llega a su lugar de trabajo escuchando “Las cuatro estaciones” de Vivaldi. La noche alocada del jueves iba a ser un día más de relajación. Ese día estaba loco. Pero solo lo que necesitaba era tranquilidad y tiempo para su digestión…