
El guerrero caminaba fuera de este mundo, nunca nada había acabado. El silencio invadía su alma. Su pecho, contraído por la humedad; todo era oscuridad en ese momento, todo sonaba lejos distante.
Pero nada de él pertenecía a ese lugar. Durante siglos había escapado, había triunfado; eran hechizos de la vida, locuras, felicidad, amor, un sostén que lo hacia invencible, que lo resguardaba allí. Nada lo tendría que detener y sin embargo estaba solo, melancólico y a la espera. Sentado ahí con mil recuerdos en su mente.
Tenia ocho años, era la reencarnación de un guerrero de la dimensión de las hadas, los duendes y la magia.
Se olvidaron de borrar su memoria. Ella permanecía intacta. Sólo tenía ocho años.
“¡Quiero tener la cabeza menos desordenada y saber dónde está mi hijo! ¿Qué le sucedió, por qué no está acá con su familia? ¿Hijo, dónde estas?”, se preguntaba segundo a segundo su madre entre gritos y llanto cuando el niño no apareció.
La gran casona de ciento cincuenta años de San Telmo albergaba miles de secretos en sus entrañas. El escondite del niño ahora era uno de ellos.
La historia se reflejaba en las ruinas de aquella casa y explicaban lo que pasó en el tiempo.
Toda la familia de Damián durante varias generaciones había vivido allí. En esa casa se habían hecho importantes fiestas. Con el tiempo se deterioró, el barrio cambió al igual que los vecinos; muchos se mudaban a barrios como el de Recoleta. Los tiempos eran distintos, otros…
La vieja casona estaba en pleno éxtasis y nerviosismo. Los rostros de los parientes de Demián mostraban preocupación. En sí la familia había sido unida a pesar de los distanciamientos.
Su madre tenía una crisis de nervios. Su hijo, el más problemático de los tres, había desaparecido; no estaba.
Demián era el hijo del medio. Tenia un hermano de doce años que no dejo de estar asustado y preocupado ni por un segundo. Su hermanito de tres años no se percataba de la angustia que vivía la familia y solo jugo con un camioncito nuevo de su hermano ausente. Su padre, ese hombre robusto, panzón y serio apenas mostraba inquietud, aunque permaneció en silencio para no alterar aun más a la familia. Era preferible aparentar tranquilidad en vez de la verdadera paranoia. Contención era lo que faltaba esa noche en la vieja casona.
Pero quien imaginaria que el niño estaba allí mismo. Nadie.
Su abuela por un momento creyó que podría estar en la casa pero era casi imposible, en una ciudad tan grande lo último que hubiera hecho era estar ahí. Seguramente se había ido a algún lugar como una aventura de un niño, hasta ese momento no se pensaba en lo peor. Pero la obviedad estaba jugando una mala partida esta vez.
Él estaba sumergido en el sótano, allí sentado en los abismos de su mente.
Demián estaba allí recordando, reviviendo su vida pasada; su llanto era increíble, no llegaba al cansancio. Ni llegaría. Su vida era otra. De aquella vida no le quedaba nada solo su nombre. Demián Socks, guerrero desafiante, valiente, apasionado de la adrenalina, vencedor de dragones y caballeros, amante de princesas medievales, fiel compañero del hada Liz.
Su historia ni siquiera pertenecía a esta realidad, a esta dimensión y a este mundo. Era un error, su reencarnación fallo. Tenía memoria y quería volver.
Él no entendía en un principio por qué era un bebé y luego un niñito; sólo creyó que era un hechizo. Pero cuando empezó a reconocer las cosas y su alrededor se dio cuenta de que todo era distinto y de que todo lo separaba de su mundo mágico.
Permanecía en silencio en el abismo de su mente; una gran muralla de pensamientos lo separaba del exterior, de lo que a metros de él sucedía en el comedor donde estaban todos esperando noticias de él.
Solitario, ahí estaba, empecinado en recordar una cosa nada más, que lo mantuvo impaciente desde el principio de esa vida, de ese castigo. Sólo quería saber cómo había llegado y cuál era la única razón por la que estaba ahí. Quería recordar con toda nostalgia y añoranza cómo había muerto siendo el guerrero Damián Socks.
Él tenia ocho años y nada había comenzado.
En la vida de cualquier persona, ocho años es mucho tiempo, se puede terminar una carrera, formar una familia; se crece, se aprende, se vive cada minuto como si fuera el último. Pero todo ese tiempo para él había sido una gran tortura, agonía, fealdad. Esperaba despertar un día y que ese mal sueño, ese hechizo se haya acabado.
Tenía ocho años pero en realidad su mente era la de un gran guerrero. (Cree saber quién es. Pero en realidad nada se lo define con exactitud. Nada ha comenzado. El guerrero no camina en este mundo. El niño menos. Pero ambos están en él.)
La policía en su tercer día de búsqueda no lograba conseguir ningún dato sobre el niño. Se daba una recompensa por él de quinientos mil pesos. La policía ya no tenía esperanzas de que Damián apareciera; podría haber sido un secuestro, pero era casi imposible; era una desaparición muy extraña.
Damián no tenía amigos, más que sus dos hermanos, y sus compañeros de colegio (disfrutaban de sus vacaciones en las playas con sus padres y ni siquiera recordaban al “Raro” como lo llamaban a él.)
Pero él permanecía en el sótano, su estomago estaba cerrado, su mente daba vueltas, pensaba en Liz y dormía cuando el sueño lo vencía.
Él conocía demasiado bien ese sótano, era el único que sabia sus secretos. Siempre sintió una profunda atracción por él. Cuando era muy pequeño entraba sin tener el mínimo miedo (era un guerrero); a los seis años descubrió un viejo pasadizo que ni siquiera lo habían utilizado alguna vez. Había una portezuela por la que solamente se podía entrar agachado a un cuarto, un refugio para los viejos ataques coloniales. Con el paso del tiempo Demián iba llevando cosas ahí dentro. Llevaba su linterna, una banquetita y una frazada, él construyo su propio refugio para su mente y cuerpo que nunca paraban de angustiarse.
Sólo por momentos cuando ponía su mente en blanco se encontraba frente a una inercia que le daba instantes intensos de tranquilidad; su espíritu, su esencia fluían, cada rincón de ese cuarto se conmovía. Era un niño, era el guerrero. Pero esos instantes se acababan y el espanto seguía ahí cuando reaccionaba.
Cuando todos trataban de soportar el agobiante calor de aquella mañana Demián una vez más se iba a sumergir en su mundo subterráneo. Como siempre movió todos esos muebles, pasó por la puertita y llegó a su cuartucho. Al principio nadie había notado su ausencia. Pero una vez ahí adentro él sabía que ése era el lugar más fresco de toda la casa.
Ese día estaba demasiado angustiado, permaneció ahí sentado solitariamente, llorando, casi resignado a su suerte; era conciente de que nada lo unía a este mundo macabro, lleno de indiferencia. Pero él era un gran guerrero y no se rendiría, trataba de afrontar esa situación que no tenía explicación alguna. El problema más aterrador era el de su memoria, en realidad ¿Quién era él? Trataba de encontrar esa respuesta dentro de él, se hundía en su propio interior.
Estaba a la espera del final.
Recordó como tantas miles de veces a Liz, quería recordar el mismo instante en el que él la había visto por última vez. Liz era buena con Demián, conocía sus gustos. Siempre recolectaba guindas del Bosque de los Susurros, esas guindas eran las más sabrosas y dulces del mundo.
Tantos recuerdos aglomerados habían hecho que la melancolía se apodere de él cada vez más. Demián Socks reencarnado en un niño pálido y huesudo.
Cuando ya había pasado casi un día perplejo ahí dentro, la energía del lugar aumentó y luego de dos años de estar constantemente en ese sótano húmedo y mutilado por el tiempo ante él se revelaba el último gran secreto de la casona.
No era coincidencia la atracción que él sentía por el sótano ni que él viviera en esa casa. Si bien los errores siempre se intentan arreglar o solucionar, ésta era su revancha.
Una pequeña puerta comenzaba a brillar en ese cuarto que un día pretendió ser un refugio para guerras. Ese brillo azulado cada segundo se fue haciendo más intenso. El guerrero niño fue invadido por la curiosidad y se acercó. Tocó el picaporte y estaba muy frió. Un frió que quemaba su piel. Pero no dudó en hacer girar el picaporte porque sentía dentro de él que ahí estaban el ansiado final, esperado durante ocho años y las respuestas inconclusas en la otra vida tanto como en ésta.
Cuando abrió la puerta que irradiaba vio a su hada moribunda; todo ardiendo en llamas, destruido por malignos hechiceros. Y el esbelto cuerpo del gran guerrero Demián Socks desangrándose, atravesado por la espada del Escudero del Dragón. Las respuestas siempre habían estado en él, la batalla continuaba… atravesó el umbral.
Nada había comenzado.
“Cuando empiezas a ver más de lo que los ojos te permiten y sientes mucho más de lo que la sensitividad te da, traspasas murallas invisibles pero reales, te sumas a tu alrededor pero estás viendo muy dentro de la esencia, estás aprendiendo. Preferís el silencio. Si no entendés el secreto de mis ojos tratá de olvidar cada una de mis palabras. Tu esencia y tu espíritu siempre estarán con vos, donde quiera que estés.
En otra vida o en ésta siempre serás vos, la misma esencia, el mismo espíritu.
Traspasarás hacia el otro lado cuando empieces a soñar, cuando tus ojos reflejen esa energía interna.
Por eso si no entiendes el secreto de mis ojos, olvida cada una de mis palabras porque nunca vas a saber qué te dice mi alma.”


