25 jun 2006

Un Guerrero Un Niño


El guerrero caminaba fuera de este mundo, nunca nada había acabado. El silencio invadía su alma. Su pecho, contraído por la humedad; todo era oscuridad en ese momento, todo sonaba lejos distante.
Pero nada de él pertenecía a ese lugar. Durante siglos había escapado, había triunfado; eran hechizos de la vida, locuras, felicidad, amor, un sostén que lo hacia invencible, que lo resguardaba allí. Nada lo tendría que detener y sin embargo estaba solo, melancólico y a la espera. Sentado ahí con mil recuerdos en su mente.
Tenia ocho años, era la reencarnación de un guerrero de la dimensión de las hadas, los duendes y la magia.
Se olvidaron de borrar su memoria. Ella permanecía intacta. Sólo tenía ocho años.
“¡Quiero tener la cabeza menos desordenada y saber dónde está mi hijo! ¿Qué le sucedió, por qué no está acá con su familia? ¿Hijo, dónde estas?”, se preguntaba segundo a segundo su madre entre gritos y llanto cuando el niño no apareció.
La gran casona de ciento cincuenta años de San Telmo albergaba miles de secretos en sus entrañas. El escondite del niño ahora era uno de ellos.
La historia se reflejaba en las ruinas de aquella casa y explicaban lo que pasó en el tiempo.
Toda la familia de Damián durante varias generaciones había vivido allí. En esa casa se habían hecho importantes fiestas. Con el tiempo se deterioró, el barrio cambió al igual que los vecinos; muchos se mudaban a barrios como el de Recoleta. Los tiempos eran distintos, otros…
La vieja casona estaba en pleno éxtasis y nerviosismo. Los rostros de los parientes de Demián mostraban preocupación. En sí la familia había sido unida a pesar de los distanciamientos.
Su madre tenía una crisis de nervios. Su hijo, el más problemático de los tres, había desaparecido; no estaba.
Demián era el hijo del medio. Tenia un hermano de doce años que no dejo de estar asustado y preocupado ni por un segundo. Su hermanito de tres años no se percataba de la angustia que vivía la familia y solo jugo con un camioncito nuevo de su hermano ausente. Su padre, ese hombre robusto, panzón y serio apenas mostraba inquietud, aunque permaneció en silencio para no alterar aun más a la familia. Era preferible aparentar tranquilidad en vez de la verdadera paranoia. Contención era lo que faltaba esa noche en la vieja casona.
Pero quien imaginaria que el niño estaba allí mismo. Nadie.
Su abuela por un momento creyó que podría estar en la casa pero era casi imposible, en una ciudad tan grande lo último que hubiera hecho era estar ahí. Seguramente se había ido a algún lugar como una aventura de un niño, hasta ese momento no se pensaba en lo peor. Pero la obviedad estaba jugando una mala partida esta vez.
Él estaba sumergido en el sótano, allí sentado en los abismos de su mente.
Demián estaba allí recordando, reviviendo su vida pasada; su llanto era increíble, no llegaba al cansancio. Ni llegaría. Su vida era otra. De aquella vida no le quedaba nada solo su nombre. Demián Socks, guerrero desafiante, valiente, apasionado de la adrenalina, vencedor de dragones y caballeros, amante de princesas medievales, fiel compañero del hada Liz.
Su historia ni siquiera pertenecía a esta realidad, a esta dimensión y a este mundo. Era un error, su reencarnación fallo. Tenía memoria y quería volver.
Él no entendía en un principio por qué era un bebé y luego un niñito; sólo creyó que era un hechizo. Pero cuando empezó a reconocer las cosas y su alrededor se dio cuenta de que todo era distinto y de que todo lo separaba de su mundo mágico.
Permanecía en silencio en el abismo de su mente; una gran muralla de pensamientos lo separaba del exterior, de lo que a metros de él sucedía en el comedor donde estaban todos esperando noticias de él.
Solitario, ahí estaba, empecinado en recordar una cosa nada más, que lo mantuvo impaciente desde el principio de esa vida, de ese castigo. Sólo quería saber cómo había llegado y cuál era la única razón por la que estaba ahí. Quería recordar con toda nostalgia y añoranza cómo había muerto siendo el guerrero Damián Socks.
Él tenia ocho años y nada había comenzado.
En la vida de cualquier persona, ocho años es mucho tiempo, se puede terminar una carrera, formar una familia; se crece, se aprende, se vive cada minuto como si fuera el último. Pero todo ese tiempo para él había sido una gran tortura, agonía, fealdad. Esperaba despertar un día y que ese mal sueño, ese hechizo se haya acabado.
Tenía ocho años pero en realidad su mente era la de un gran guerrero. (Cree saber quién es. Pero en realidad nada se lo define con exactitud. Nada ha comenzado. El guerrero no camina en este mundo. El niño menos. Pero ambos están en él.)
La policía en su tercer día de búsqueda no lograba conseguir ningún dato sobre el niño. Se daba una recompensa por él de quinientos mil pesos. La policía ya no tenía esperanzas de que Damián apareciera; podría haber sido un secuestro, pero era casi imposible; era una desaparición muy extraña.
Damián no tenía amigos, más que sus dos hermanos, y sus compañeros de colegio (disfrutaban de sus vacaciones en las playas con sus padres y ni siquiera recordaban al “Raro” como lo llamaban a él.)
Pero él permanecía en el sótano, su estomago estaba cerrado, su mente daba vueltas, pensaba en Liz y dormía cuando el sueño lo vencía.
Él conocía demasiado bien ese sótano, era el único que sabia sus secretos. Siempre sintió una profunda atracción por él. Cuando era muy pequeño entraba sin tener el mínimo miedo (era un guerrero); a los seis años descubrió un viejo pasadizo que ni siquiera lo habían utilizado alguna vez. Había una portezuela por la que solamente se podía entrar agachado a un cuarto, un refugio para los viejos ataques coloniales. Con el paso del tiempo Demián iba llevando cosas ahí dentro. Llevaba su linterna, una banquetita y una frazada, él construyo su propio refugio para su mente y cuerpo que nunca paraban de angustiarse.
Sólo por momentos cuando ponía su mente en blanco se encontraba frente a una inercia que le daba instantes intensos de tranquilidad; su espíritu, su esencia fluían, cada rincón de ese cuarto se conmovía. Era un niño, era el guerrero. Pero esos instantes se acababan y el espanto seguía ahí cuando reaccionaba.
Cuando todos trataban de soportar el agobiante calor de aquella mañana Demián una vez más se iba a sumergir en su mundo subterráneo. Como siempre movió todos esos muebles, pasó por la puertita y llegó a su cuartucho. Al principio nadie había notado su ausencia. Pero una vez ahí adentro él sabía que ése era el lugar más fresco de toda la casa.
Ese día estaba demasiado angustiado, permaneció ahí sentado solitariamente, llorando, casi resignado a su suerte; era conciente de que nada lo unía a este mundo macabro, lleno de indiferencia. Pero él era un gran guerrero y no se rendiría, trataba de afrontar esa situación que no tenía explicación alguna. El problema más aterrador era el de su memoria, en realidad ¿Quién era él? Trataba de encontrar esa respuesta dentro de él, se hundía en su propio interior.
Estaba a la espera del final.
Recordó como tantas miles de veces a Liz, quería recordar el mismo instante en el que él la había visto por última vez. Liz era buena con Demián, conocía sus gustos. Siempre recolectaba guindas del Bosque de los Susurros, esas guindas eran las más sabrosas y dulces del mundo.
Tantos recuerdos aglomerados habían hecho que la melancolía se apodere de él cada vez más. Demián Socks reencarnado en un niño pálido y huesudo.
Cuando ya había pasado casi un día perplejo ahí dentro, la energía del lugar aumentó y luego de dos años de estar constantemente en ese sótano húmedo y mutilado por el tiempo ante él se revelaba el último gran secreto de la casona.
No era coincidencia la atracción que él sentía por el sótano ni que él viviera en esa casa. Si bien los errores siempre se intentan arreglar o solucionar, ésta era su revancha.
Una pequeña puerta comenzaba a brillar en ese cuarto que un día pretendió ser un refugio para guerras. Ese brillo azulado cada segundo se fue haciendo más intenso. El guerrero niño fue invadido por la curiosidad y se acercó. Tocó el picaporte y estaba muy frió. Un frió que quemaba su piel. Pero no dudó en hacer girar el picaporte porque sentía dentro de él que ahí estaban el ansiado final, esperado durante ocho años y las respuestas inconclusas en la otra vida tanto como en ésta.
Cuando abrió la puerta que irradiaba vio a su hada moribunda; todo ardiendo en llamas, destruido por malignos hechiceros. Y el esbelto cuerpo del gran guerrero Demián Socks desangrándose, atravesado por la espada del Escudero del Dragón. Las respuestas siempre habían estado en él, la batalla continuaba… atravesó el umbral.
Nada había comenzado.
“Cuando empiezas a ver más de lo que los ojos te permiten y sientes mucho más de lo que la sensitividad te da, traspasas murallas invisibles pero reales, te sumas a tu alrededor pero estás viendo muy dentro de la esencia, estás aprendiendo. Preferís el silencio. Si no entendés el secreto de mis ojos tratá de olvidar cada una de mis palabras. Tu esencia y tu espíritu siempre estarán con vos, donde quiera que estés.
En otra vida o en ésta siempre serás vos, la misma esencia, el mismo espíritu.
Traspasarás hacia el otro lado cuando empieces a soñar, cuando tus ojos reflejen esa energía interna.
Por eso si no entiendes el secreto de mis ojos, olvida cada una de mis palabras porque nunca vas a saber qué te dice mi alma.”

Rarezas De Un Secreto





Su última carta era un tres de oros. Lo arriesgo todo, sabia que mucho no iba a hacer. Pero lo jugo con fe. La fe que se tiene un novato en el juego.


Y así fue como Nicolás perdía su alma en día de su cumpleaños. Una bella gitana le regalo lo que le quedaba de su vida y el oxigeno que necesitaban sus pulmones.

El muchacho que era loco por excelencia, esta vez había tomado el rumbo correcto. Pero el último. El que había esperado en cada una de las veces que se repetía su sueño de infancia.

En ese sueño él se veía dentro de una inmensa caja de regalos, en la que corría adentro. Cuando salía de ella, solo lo cubría una oscuridad única casi ciega, espantosa. Ahí era cuando de niño despertaba hundido en lágrimas, su madre lo recogía y lo envolvía con sus brazos tibios.


Era un mundo de mil calles, indestructibles. Era sólo un mundo, uno más de la galaxia. Y en una de esas mil calles Nicolás revivía su sueño de niño.

Cada minuto que pasaba de su vida, era aquella caja de regalos en tinieblas.

La sonrisa de Nicolás era creíble, era un ser extraño, particular y especifico. Un filósofo de una vida perdida en un jardín de rosas y opio. Sus ojos grises indios. Su alma tan libre, que nadie invadía... Un pequeño héroe en calles de zombis hostigados, curtidos por el viento y el sol. Nicolás amaba el numero tres y el oro. Por eso se explica su última jugada en aquel juego.

Él poseía un medallón de oro que simbolizaba el limbo. También llevaba un pequeño aro, también de oro, que le daba cosas que hacían a su esencia.

Sus rosas no marchitaban porque lo amaban, su vitalidad hacia su propia primavera. Él era el amor en su cuerpo trigueño.

No podía perder la razón en un mundo tan innegable. Pero ese día que su alma fue más frágil que nunca decidió volar e ir a buscar su hechizo... y cavilar...

Su amada y bella gitana le dijo:...


Su viaje había empezado y todo un horizonte de rutas infinitas se había abierto a sus pies. Fue feliz cuando el fuego quemó sus ojos. Así comenzó a soñar...



Soñé que era un ave, un pájaro azul, un águila azul, veloz y fuerte. Tenazmente cruce al mar, un mar gris y verde. Ahí encontré la hermosura de la vida y en el fin de ese mar encontré el principio, un poco más allá un nuevo fin. Vi una cosa extraña sentada en un desván; era graciosa, pero ella estaba triste. Se llamaba Muerte. Le pregunte el por qué de su dolor y contestó que llegaba su hora. En unos días cambiaría a la Vida.

Yo volé en infinitas alturas. Cuando vi los martirios de mi calle, me arrepentí. Estuve allí, cuando los psicodélicos suicidas dejaban sus hogares para caer en el infierno. Me senté a descansar; al cabo de tres minutos recordé aquel desván, corrí hacia él.

Al llegar allí la Muerte ya no era Muerte, era la Vida. La engendra bebés. Me quede ahí. En ese momento mi agotamiento era inmenso.

Vi pasar muchos amigos. Los vi renacer, vi nacer a mis hijos. Conocí de chiquitos a mis abuelos, a mis padres. Me vi a mí mismo. Allí estuve tres siglos. Que fueron idénticos el uno al otro. Imaginariamente bellos. Pero enloquecí y busqué algo mejor que mirar. Seguí mi viaje.


Entre en nubes y calderas. Pero paraísos no encontré.

Volé para reiterar algunas maravillas.

Desperté de mi sueño. Ése, el único que me hizo muy feliz...

De aquellas rutas que atravesé, llegue a una cumbre y vi el hogar que yo siempre quise. Un castillo de enormes torres, paredes casi como murallas y algo mucho mejor.

Cuando crucé la puerta oí el triunfo, el regocijo y lo que a mí me gustaba. Sentir la gloria.

Todo eso era el calor y la paz.


Pasaron tres siglos. Lo que duró el espejismo. En la mañana Nicolás dejo de querer el abismo que se abría a sus pies. Él sólo quería burlar a esos horizontes, e intentar partir.

En esa mañana estaba tirado en el barrio de donde salió su ira. Con furia cruzo las montañas y en la orilla del mal celestial esperó la salida del sol y con gritos en el primer destello, desafiante corrió al Edén. Y supo que ahí el odio y su dolor son uno solo. Oyó el silbido, fue hacia ese lugar. Con sus ojos grises inquietantes vio la guerra; la autodestrucción pasó.

Una de sus manos se quebró y un misil cayó a su lado. Gritos y niños llorando. Tuvo miedo; demasiado espanto. Al cruzar todo aquello, encontró un compañero para continuar con lo que cerraba el circulo.

Su compañero le enseño a tele transportarse por ese mundo oligárquico y a la vez místico que confundía a Nicolás y lo aturdía desde hacía tres horas.

Los compañeros tomaron un colectivo a cuerda que los llevó a un lugar de calles empedradas, de andenes rotos y trenes fantasmas.

Nicolás vio a un niño con un globo rojo y no supo por qué, pero se bajó del colectivo y dejó a su compañero.

Corrió detrás del niño, casi no lo alcanza. Con sus ojos llorosos y su voz quebrada le pregunto al niño:

El niño con su ternura respondió.

Ahí se rompió la óptica y el cristal. Nicolás esta en la oscuridad de su caja de regalos. Esta vez roja y fría. Escucha una voz lenta y perturbada que aclama algo.

Él quiere despertar, no es sólo un sueño. Es una vida y necesita los brazos de su madre aunque sea sólo por esta vez. La última vez.

Lentamente sale y se encuentra en un día claro, poco gris. En un suburbio no lejos de su casa, en un lugar que añora desde niño. Recuerda súbitamente a sus padres y toda su niñez. Hay voces que le demuestran que no puede dejar el pasado allá atrás.

Con esa niñez que a él lo había marcado, se da cuenta de que no hay nada que reprochar a otros, sólo a sí mismo.

Cuando se da cuenta de que siempre estuvo solo y de que él es el héroe, no entiende qué hacer. Se queda quieto, mira hacia su casa; ahí hay algo que lo extraña.

Mil rutas se abren a sus pies, al verlas infinitas y al estar tan confundido decide cortar lazos y abandona sus calles y comienza a caminar para buscar su ser y la percepción.

Sus pulmones se alimentan de un oxígeno ácido que quema su piel y durante tres años la llanura se hace su madre. Cuando siente desconsuelo toma su medallón de oro que es uno con el sol.

Atraviesa todos los paraísos naturales, entre llanuras, mesetas y cordilleras. Llega a la cumbre del fin del mundo, se ve entre el mundo y los cielos, juega, deja su cuerpo caer.

El día es la noche, su cuerpo se desploma, sus huesos están sanos. Esta tirado en la tierra boca arriba, esta entre las montañas y mira la luna. Espera al sol...

Su conciencia es inconsciente, y a la luna le pide más besos fugaces para otro momento de felicidad. Los días siguen, son claros y llenos de dolor.

La lluvia lo envuelve lentamente y el tiempo que vive es demasiado desenfrenado y sabe qué va a encontrar...

Se levanta y camina un poco más. Nicolás encuentra una enorme región de imágenes y sentimientos que están dentro de él.

Todo aquello toma una forma perversa. Descubre su lado oscuro. Ahí entiende, reconoce todo. Se reconoce a sí mismo, toma sus fuerzas. Con sus dedos tantea un sentimiento y no sabe en qué creer, con gritos pide que lo dejen Déjenme, déjenme...

Nicolás vuelve a nacer.

Gasta energías y cuelga un sombrero. Su piel trigueña y su belleza palidecen, siente la asfixia de la serpiente que enrosca su cuello.

Y escapa por última vez.

Se sienta en una mesa con dos desconocidos y el compañero que tenia en ese viaje, esta ahí ahora.

Esta mano de truco es mágica, el misterio carcome la intriga del novato. Su gitana, su bella gitana le habla al oído antes de este nuevo desafió que Nicolás emprende. Pregunta la mujer: Nuestro amigo no comprende... al minuto pierde. La nieve cae sobre su piel, el granizo también. Golpean su piel hasta ensangrentarla.


Cuando despierta, ve su caja de regalos junto a su cama; la abre con miedo a la oscuridad y sabe que no va a perder la razón en un mundo tan poco auténtico. Como el que había ahí adentro de su caja de cristal.

23 jun 2006

Solo La Oscuridad En Ella


Ella sentía en sí misma la oscuridad. Que todo se había apagado. Camino por Buenos Aires toda la noche. Se dejo deslumbrar por las luces. Pero no había nada. Dio cigarrillos y monedas, le ofrecieron drogas que no necesitaba porque no existía algo que la
hiciera sentir bien. Escucho gritos que la llamaban a lo lejos, que no respondió. Escucho música
que no la consoló. Había llegado el vació. Por un momento creyó que todo se terminaba. Se sentó en su cama. Durmió… Eran las once de la mañana, ella debía despertar a su hija. Ya que ella se lo había pedido el día
anterior antes que saliera. Ella no sabia en donde había estado su hija esa noche ni a que hora
había llegado. Una madre que estimulo pocos valores, que quería lo mejor para su hija pero sin saber como
dárselo o enseñarle a buscarlo. Solo era su madre y nada más. Siempre pensó que ella podía con
todo. Llamo a su hija dos veces y ella no se movía, entro a la habitación y con palabras dulces insiste
en despertarla. Se acerca a la cama, la destapa y se encuentra con lo inesperado. Todo estaba
cubierto en sangre que emano en abundancia en algún momento de los brazos de Sofía.
El mundo gira hoy y mañana también lo hará. Extraño cuando no lo hace. El mundo a veces no
me gira yo quiero que de vueltas pero mis manos no logran hacer que gire, son muy pequeñas y
sin la fuerza suficiente para que ruede y ruede… pero al ver ocultarse el sol, la paz entra en mi.
Siento cantar a los ángeles y los demonios me chillan al oído. La ciudad se llena de luces que intentan enceguecerme que pretenden estimularme, pero aun no
es muy tarde… no llegan a ser las ocho de la noche y alcanzo a llegar a una casa de música
donde voy a tocar el piano, voy a probar todos los pianos, quiero imitar a mi espíritu… Me piden que toque Bach…me río no sé quien es ese tipo, no me importa. Hasta hace un mes solía estar con un chico, él supone que ya no me ama. No lo he vuelto a ver. A
veces lo busco del otro lado de la calle, pero no lo encuentro. Pienso que se me apaga la vida o directamente no pienso. Mira a la gente a los ojos, buscando brillo y luz, que es imposible de observar ya. A nadie le brillan los ojos. Todos los días siento la sequedad de mi cuerpo, el espejo pretende enamorarme para devolver
algo de mí. Los teléfonos no suenan, no hay nadie del otro lado, no hay a quien responder. La soledad
mientras me quiere contener, los pianos pretenden atraparme. A veces perder duele. Cuándo analizo todo en mi vida digo ¡Por dios! ¡A sido demasiado! Apenas
reaccionó que tengo diecisiete años y todo parece más. Un día perdí a mi bebe, no me lo puedo perdonar aun. Ni la soledad me rescato de ese profundo
abismo que mi alma contiene, en el se sumerge parte de mi vida… esperaba algo más a cambio,
era mi ser el que debía nacer con él.

22 jun 2006

NEO


Las cosas no andaban tan mal.
Nadie sabia mucho de los girasoles que el loro de tía Raquel había comido, que eran de doña Filomena.
Nadie sabida de las cosas que había hecho Mariano anteayer en ese negocio de ramos generales de la esquina de la casa de mis abuelos.
Las cosas andan bien, muy bien. Todas las cosas eran secretas, como se iban a dar cuenta que yo era la misma persona de la que se hablaba de aquí y allá.
No veía de extraordinario en esos lugares no decían nada de mí.
Con el pasar de los días era ya uno de los sospechosos.
Vagaba por las calles para disimular, para pasar de ser percibido.
Espere y espere.
Hasta que capturaron a Antonito, que pobre no tenia nada que ver. Pero sin querer él ayudo para la gran noche en la que yo me haría el rey.
Camine oculto tras un traje por la calle Pichincha, hasta llegar a Chiclana donde hice tres cuadras para arriba y luego doble a la derecha por Defensa.
Me metí por el callejón de Blas Paredes, luego seguí hasta el teatro viejo y entre por la puerta de atrás.
Ingrese en la oscuridad. Veía solamente con una luz roja que iluminaba tenuemente el pasadizo secreto, baje treinta y tres peldaños, hacia el sótano del teatro. Llegue al final del pasadizo y pase hacia el otro lado.
A pesar del silencio, desde adentro se sentía la policía que corría afuera. Sus sirenas me habían encontrado. Pero nadie sabía como llegar. Me oculte en una caja inmensa llena de pelucas viejas. Espere, sentía solo los ruidos de arriba. Las horas pasaron y se hicieron las cuatro de la mañana.
Después supe que a esa hora me buscaba todo el pueblo, hasta mi tío Ignacio que si hubiera sabido me habría ayudado muchísimo.
El pobre Antonito estaba enfurecido, pero él ya me había descubierto y supo por donde encontrarme. Pero no como llegar y en que lugar especifico. Pasaron dos horas mas y yo aun seguía en la caja, siempre supe que no debía salir porque afuera habría policías y gente, guardias que estarían custodiando todas las salidas.
Cuando el sueño me ataco no hice mas que dormir.
A la mañana desayune un para de ratas. Pero ya no soportaba mas ese encierro. Me sentía prisionero de mi propia libertad.
Y entonces en el más profundo de los silencios, me dirigí hacia la última puerta del pasillo del sótano.
Una vez ya en las alcantarillas; me incorpore a las calles subterráneas y busque la casa en donde me queda mi último golpe.
Seria el rey.
Habré caminado unas cinco cuadras y ya debía salir al exterior.
Seria el rey.
Había despistado a la policía, pero corría el riesgo que Antonito me esperara. Una vez en la superficie hice la media cuadra para llegar a la casa de Marisol. Me trepe al árbol como de costumbre, pero algo me advertía el peligro, pero ahí estaba todo lo añorado y esperado. Pero ya casi era un logro.
Golpeé la ventana de Marisol, la ultima niña que me faltaba. Ya era el rey.
Marisol no era muy bella, pero mi belleza resaltaba más que la de ella.

Tío Ignacio me decía “rizos castaños, ojos violetas, piel pálida y blanca. Nada se te puede igualar. Tu belleza es única”.
Como todas las anteriores niñas Marisol me amo y era tan ingenua que me dio todo aquello que yo pedía. Así mi vitalidad se hizo más fuerte.
Yo era el rey.
La segunda vez golpeé la ventana y abrió rápidamente, alborotándose. Ella sudo en cuanto me vio.
Mis ojos violetas la hipnotizaron en segundos. –Marisol, ingenua y linda Marisol… he venido a buscar tu alma. Ella no entendió solo me abrazo, me beso y lloro.
Era niña, no significo mucho para mí. Mis otras amantes están tan muertas como ella, pero eran más interesantes. Pero Marisol debía ser la última. Era hora, el tiempo significo vida en ese momento. Pero su vida era mi vida…
Supo que ese era su fin, lo presintió pero en ningún momento dejo de besarme y llorar.
Me asegure que la puerta estuviese con llave, la luz de la luna ilumino la habitación.
Yo comencé a besarla eufóricamente, comencé a manipularla. Ella se dejaba llevar por su placer.
Recorrí su cuerpo desnudo con mis manos, ella solo lloro en todo momento. La senté en la cama y le pregunte -¿Me amas? Ella pronuncio muy despacio que si. Esa fue su última palabra.
La última que escuche de ella.
Luego me prepare… y le dije: -Cuando comenzó el acto de amor, por un momento tuve miedo, fue rápido. La mate.
Dejaras de ser lo que sos, mi última virgen.
Me sorprendió esa sonrisa en su rostro que se fue desvaneciendo lentamente. Mi luminosidad se hizo aun más clara. Cuando me vi al espejo no podía creer.
Tío Ignacio tenia razón.
Mi cuerpo era esbelto, mis ojos aun más hermosos, mi cabello parecía rayos de sol, mi piel, mi rostro, mi todo… eran aun más bello que antes.
Cuando salí de la casa, la policía, el pueblo entero, el mundo me esperaba para matarme. Pero al verme automáticamente se enamoraron de mi.
Al verme tío Ignacio me dijo: -pibe yo sabia que podrías, ahora sos el Rey del Universo.
Nunca más alguien me hizo daño. Todos me aman. Los días para mi siguen siendo normales.
Pero hay algo… siento tristeza. Veinte muertes y la satisfacción de todos mis placeres me dieron el poder.
¿La felicidad?

Soy el Rey de un Mundo de Cristal