9 jul 2021

Procura que viva la (A)

-          ¡Oye! ¿Qué eres tú?  ¡Oye! ¿Qué eres tú?

     Una vocecita a mi costado pregunta a mérito de interrogación.

     - ¿Quién yo?  Respondo con mi acento sureño.  Pero del otro lado de la Cordillera, de la Republica diría mi amigo (A).

    - Yapo tú… ¿Qué eres?

     En la perplejidad de la pregunta no sé a qué se refiere este pequeño ser de edad indefinida.  Para mi “la edad es ideológica” decía mi citado ya psicoanalista Juan Bustos.

    - Yo soy lo que vos quieras.  Le respondo. Porque en sí, no sé a qué se refiere.

     Transcurren los primeros días del año de la Revolución Social en $hile. El olor a contaminación en Santiago y la nube de pura polución urbana.  El calor no es el que esperaba.  Solo calor típico y sol radiante. Caminar por las poblas en busca de tesoros de circo.  Caminar por el casco antiguo de la ciudad. Caminar por lugares nuevos, que quedan en lo más profundo de mi memoria para no ser olvidados nunca más.

    Santiago me recuerda a canciones de la juventud.  No se parece a otras ciudades capitales en su majestuosidad.  No es Sao Paulo, no es Buenos Aires.  Es $hile, es Santiago y me gusta. Como transeúnte de esta ciudad cosmopolita; en Plaza Maipú la interrogación continua por parte del pigmeo ser infante.

     - ¡Oye! ¿Tú qué eres?

     Entonces pienso en mis roles. Por mi visu lo pregunta, por mi pelo color verde aborto, por mi contextura gorda, por los aros en la cara, por mis pulseras de macramé… por qué pregunta.  Vuelvo a responderle. - ¿A mí me hablas? Y el ser pigmeo infante solo me mira.

     Ayer, un pibe “El Pancho” tenia “la mano de pito”.  Como siempre en mi vida me topo con gente de la academia vinculada a las ciencias sociales, brujxs, capricornianxs, bruxiamigxs, y músicxs.  No lxs busco, ya hace tiempo que he desligado la necesidad de generar vínculos sociales.  Mi amigo que reside en Barcelona diría “La humanidad apesta”.  No sé si sería tan tajante pero siempre recuerdo sus palabras “cada quien en su película”.  Cuestión que “El Pancho” me consiguió flores para que me haga un porro.  Ese porro o el pito, me lo estoy fumando acá, en Plaza Maipú, en los primeros días del año de la Revolución Social en $hile.  “El Pancho” me durmió, como es obvio. Desde el vamos el dinero siempre me escasea y más en este tiempo.  El dinero es valor de cambio y yo solo me condiciono por mis valores como persona. Mal. Mal hago, casi no se cambiar mi fuerza de trabajo por salario.  Pero siempre nos condicionamos por el valor que hay en luchar, en resistir.  En la resiliencia.

     Entonces el ser pigmeo infante vuelve a interrogar ya con una voz más enojada.  Que para mí su acento terminaba siendo gracioso.  Entonces me sonríe.

     ¡Que te doy de pataletas! me dice, y yo me rio por semejante amenaza. ¡Qué te doy de pataletas! Vuelve a decir y se cruza de brazos como si estuviera jugando a una mancha o algo que se le parezca.

     - Ya el ser pigmeo infante se enoja y me dice – ¡La media voladita weon de mierda! ¡Ni tu sabes! Y quien parece su madre, de atrás lo viene a buscar – ¡Oye! ¡Deja de molestar al caballero! Le dice.  Ella me pide disculpas.

     Yo solo me rio.  Estoy en otros pensamientos de excursión en semejante ciudad.

     Y le respondo al ser pigmeo: Soy anarquista. Y para mis adentros solo pensaba… ¡Oye! ¡Tú solo que procura que viva la anarquía! En este mundo lleno de contradicciones, en este mundo donde somos algo y no sabemos. 


Plaza Maipu. Santiago de $hile ‘19

Serie Transeúntes 

Elef Vehederios – Nico



6 may 2019

ALAN


     Un refugio extraordinario en las sombras.  Brillo, pero inerte sin silencios.  Llenando de reflexiones un tiempo que pasa y cambia.  De expresión a inexpresión, apaciguando un destino lleno de desaciertos, inciertamente anhelable.  Un punto de fuga a la luz.  Una pelea interna entre una sensibilidad llena de miedo en una oscuridad que captura la noche.
     Mientras el amor se opaca y no es más que un objeto, tan incierto como la debilidad del ser.  Ya sin llantos, sollozos reclamos a un dios muerto.  Un pedido que entorpece la fe.  No existe triunfo cuando la oscuridad irradia en presencia.  Cuando la noche se prefigura eterna.
     Pasos silenciosos, angustiosos que solo son seguros porque así lo requiere el transito vital.
     ¿Podrás perdonar al mundo que no te comprende? ¿Podrás ver ya sin utilidad al objeto del mundo?  Solo a tientas y con coraje los susurros de los pensamientos deslizan el camino; uno, que impulsado por los latidos del corazón aseguran el pulso.  Ahí sin embargo están los fantasmas de la noche que sin verlos los escuchas.
     Desafiando tus capacidades de guerrero, vulnerable y encantador, sensato en este desastre, cada cosa está en su lugar.  Así como tu deber ser en medio de esa oscuridad que se pierde en tus pupilas.


VALPARAÍSO CON AROMA A CAFÉ

     El café que inunda la ciudad.  El aroma recorre los cerros que hacen de Valparaíso una ciudad encantadora.  De encantos sublimes, una magia que con la humedad del mar y su sabor a sal hacen pieles curtidas.  Forjadas piernas y huesos duros.  Valparaíso mescla todo en una ciudad.  Un submundo pegado al mar que se impone como cuan cuento de fantasía y realidades foráneas de estos lugares del mundo.
     Una noche de aroma a café intenso, de un verano próximo, dos personas transitaban una misma calle, la Bellavista que entre la Av. Brasil y la Av. Puerto se ocupaba por vendedorxs de papas fritas, pizzas, sopaipillas, tabaco, completos; un puesto tras puesto.  La música pasaba de cumbia a pop inglés.
     El mar estaba sereno con una transparencia turquesa.  El sol ya desaparecía y reposaba sus últimos rayos en él.  Por la misma calle Bellavista caminaba Aurelia, siempre cantando con su parlante a batería en su hombro, como unx habitante del Bronx.  Su cabello negro estaba amarrado, sus ropas limpias y alineadas y su violencia cotidiana.  Insultaba a cualquier persona que transitaba cerca de ella.  Las miradas acusadoras de lxs normadxs irritaban su particular sensibilidad.  Perturbaciones de su ser que desconoce cada persona que se topa con ella.

     Más allá, delante de un enrejado que protegía un puesto de jugo de frutas naturales, una confitería al paso y un par de puestos de artesanos.  Un hombre entre unos treinta y cuarenta años totalmente alcoholizado gritaba frente a la puerta de la reja.  Gritaba desaforadamente que el día tenia veinticuatro horas, que en unos pares de horas tocaría abrir y que iba a estar ahí.  Estaba vestido con su visu extraña como si fuese un mafioso italiano que combinaba con su voz ronca de whisky y tabaco.  
     A sus espaldas escondía un gran cuchillo, una faca de campo, de esas con las que se desangran a los animales.  Sus gritos eran cada vez más intensos.  Gritaba obscenidades, amedrentaba al vendedor de gaseosas diciéndole que esos webones iban a morir.  Mientras las personas que caminaban por la calle Bellavista no se inmutaban de ese espectáculo.

     La calle es así, tierra de nadie.  La calle sirve para caminar, para patearla y no exactamente dándole patadas al cemento… patear la calle es una doctrina que no es para corazones tímidos ni blandos.  Hay que saber pelear y plantarse frente a las adversidades a las que te expone la vida.  La calle no es para cualquiera, en esa jungla la única vida que vale es la propia y la de quienes valoras lo suficiente como para darla por unxs otrxs, sino estas a mano con el destino.

     La gente ignoraba a el robusto Amadeo, llamado “El Roña”, que había llegado a Valparaíso desde la Octava Región.  Curtido por el hambre y el frío, forjo su espíritu y cuerpo sin tener en cuenta al mundo.  Su sensatez era escaza, puro impulso, acertado o no, su vida siempre fue una lucha.  Sobrevivir sin entender de los afectos y el dolor.  Decía que nació para ganar y así lo hacía, sin importar cómo ni el precio que costaría en su vida cada acción mal tomada.
     Sus gritos eran cada vez más fuertes.  Su rabia crecía segundo a segundo, de un momento a otro, Amadeo se le acerca por la espalda a una mamita de un puesto de frutas.  Le habla al oído, como en un gesto romántico, apoyando su pecho en la espalda de ella.  Susurraba suavemente en su oído malos augurios de sudor y sangre.  Al lado de la doña estaba una niña de nueve años que miraba esa escena sin decir nada.  La cara de su madre fue inmutable, casi que no pestañaba, miraba al frente. 
     Amadeo se dio la vuelta con la faca escondida en su antebrazo derecho.  Media vuelta y volvió a gritar desde la calle que saliera, que era un maricon, que lo iba a matar.  Amadeo mostraba su hombría, su feliz legado de matón y macho.  Tres hombres se asomaron a la reja desde el lado de adentro, le gritaron que vaya a su casa, que vaya a descansar. Que se dejara de webiar y dar espectáculo.
     Amadeo corrió violentamente con supervelocidad hacia la reja y les gritaba que eran unos webones consha su madre, que no se iba a ir, que habían sido tres chelas y que iba a tomarse un whisky.  Les tres hombretones de adentro lo miraban y se le reían en la cara; dieron media vuelta y se fueron hacia dentro, desapareciendo en la oscuridad de entre los puestos.

     La faca recorría la reja de un lado a otro haciendo un ruido chillón y molesto.  Un sonido que amedrentaba o eso es lo que pretendía.  Violencia en la calle.  Amadeo volvió a gritar y se dio la vuelta.  Cruzo la calle.  La noche ya era noche y solo estaba iluminada por las luces de la calle del alumbrado público de la ciudad.

     Aurelia iba gritando blasfemias, pero el volumen de su parlante y sus gritos hacían unísono lo inentendible de esos gritos.  Había muchas particularidades en esa mujer.  Una era su pulcritud, su pelo negro azabache amarrado siempre con cintas de colores.  Su parlante siempre en funcionamiento y su pálida juventud.  Ella venia de Cerro Alegre.  Su familia hacia lo que podía por cuidarla.  Su tía Graciela decía que la locura era hereditaria, que hubo varios locos en la familia.  Y así transito su vida diagnosticada por un par de prestigiosxs académicxs de la medicina.  Ella estaba loca, caminaba hablando en un tiempo que no transcurrió, su música, sus pensamientos permanecían ahí, como un cumulo de todo que eran nada. Cavilaciones propias, reales, con nociones fuertes y el quebranto de la norma, que hacía que percibiera muy sensiblemente a esos ojos acusadores de lxs normadxs que no comprenden, que no toleran ni empatizan con lo otro que les es extraño e incomprensible.  La obligatoriedad de ser normal sin preguntarse qué es la locura en realidad para nosotrxs.  Una pregunta que tiene respuesta social y mucha responsabilidad.
     Aurelia cruzo la Av. Brasil y se paró frente al puesto de papas fritas, busco en sus bolsillos y saco quinientos pesos.  Se compró un combo chico.  Camino compenetrada en sus papas fritas.  A unos pasos de ella estaba Amadeo que volvía de la botillería con una botella de whisky en su mano izquierda y escondía la faca que tenía en su mano derecha a sus espaldas.
     Volvió enfurecido, blasfemando sobre las conchas de las madres de los tres hombres que habían hablado con él momentos antes.

     - Por la shusha… ¡Concha su madre! ¡Webones de mierda!  Los voy a matar.  Ustedes no saben quien soy. ¡Webones de mierda! ¡Concha su madre! ¡Salgan cagones! ¡Qué aquí les voy a esperar!

     En el mismo momento que Aurelia pasaba por delante del enrejado de los puestos, escucho los gritos de Amadeo.  Con su parlante ya colgando, tiraba las papas fritas por el aire y se abalanzaba sobre Amadeo creyendo que él, en su griterío, se estaba refiriendo a ella.

     - ¡Concha tu madre tu pos webon! Le grito ella.  Luego se hizo un inentendible cumulo de insultos en voz más que alta.  Amadeo le gritaba, - Loca, qué te pasa. ¡Déjame!  Entre el forcejeo y los manotazos y arañazos que ella hacía en la cara de él, la botella de whisky se estrola en el piso.  Enfurecido Amadeo con ese acto y enceguecido, clava cinco veces la faca en el abdomen de Aurelia, que seguía gritando desaforada.  Ella fue madre.  Para ella había que respetar a las madres y nunca más iba a dejar que alguien le diga mala madre aunque sentía fuego en su abdomen, aunque sienta que su sangre tibia se saliera por sus entrañas.
     Ella cayó al piso de la vereda de la calle Bellavista, en la puerta del enrejado que protegía a un par de puestos.
     Amadeo quedaba con la vista perdida hacia el mar como buscando que sus aguas lo limpien de tanta sangre.  No se movió hasta que sintió muchas manos que lo sujetaban y tiraban al piso.  Gritos de horror que escuchaba de otras gentes que pasaban por el lugar.
     Valparaíso se llenaba de aire tibio y olor a café intenso.  El aire húmedo del mar y su sabor a sal.

4 may 2019

DÍAS DE ODIO



     Todas las mañanas frías en Valparaíso, el único lugar que vio como se desangraba mi alma, todas esas mañanas frías y con un único entusiasmo de sanar.  Como si nunca antes nos hubiéramos visto estamos ahí en un encuentro que no tiene nada de casual…

     -  Una última charla quizás…
     -   Podes tener esa seguridad. Te lo dije siempre, no dudes de ti.
     - Solo necesito la verdad.
     - No hay verdad.

     Se me inunda el mar. Me siento mal. Es un nunca más y sin cuestionamientos resueltos. Era cierto, eso era él, duro. Superficialmente duro. Tenía indicios de cariño y amor, pero nunca voy a saber si es verdadero todo aquello.
      Me tomo un sorbo de café. El ambiente está cálido. No hay mucha gente en la cafetería, seguro porque es temprano.
     Me duele el alma, no importa cuanto lo intente, nada funcionaria. No obtendré información alguna, no sería verdad. Pero para mí vale la pena intentarlo porque es un acto de honestidad entre compas que estuvimos juntxs durante mucho tiempo, que activamos, que compartimos vivencias, tendría que existir un destello de todo aquello vivido y ser valorado como real. Si no fuese así… no será. No podría ser.

     El cielo esta rosa.  Se mezcló con plata y la oscuridad de los cerros.  Los árboles se mesen por la brisa y no puedo ver el mar.  Siento que si veo el mar estoy en el paraíso… pero solo estoy en Valparaíso. Reviviendo hechos del pasado que condenan mi vida.  Cicatrices que se desgarran y sangran de vez en cuando.
    Escucho las gaviotas.  Visualizo el mar. Ventanas con luz en los cerros, como si fuesen luciérnagas.  De la mañana al atardecer mi vida se detuvo. ¿Cómo podía ser así? Sin más y sin menos.  No hubo respuestas.  Solo evasión.  Era un nunca más verle a los ojos. Pero era un nunca más saber la verdad. Espere mucho ese momento, sabía que iba a ser como me lo imagine.  Pero no imagino que todo era una mentira.  La complejidad de saber que no hay verdades absolutas, pero si únicas mentiras.  No hay entusiasmo ni mil penas.  Hay una mentira y no voy a saber si lo que siempre presentí es verdad.

     Otra vez temprano.  El mismo café del cerro.  Esta vez sin compañía. Como para martillar mi corazón y ver una postal ajena; me siento en la mesa de enfrente. Miro desde otra óptica la escena de ayer.

     - ¿Y vos quien sos para que te crea lo que me decís? ¿Por qué me lo preguntas todo a mí?
     - Soy yo… necesito que no me mientas.

     Recorrí cada las palabras.  Busque indicios.  Solo necesito saber. 
     Una cosa. 
    Solo algo para que acabe la incertidumbre.  No encuentro formas.  Mi rostro se desfigura.  No quiero llorar.  No deseo que mis lágrimas sean públicas.  Mundo cruel.
     Llega el café doble de filtro.  Me quedo mirando la mesa vacía de en frente.  Dolor.  Más dolor que se juega en esa dolencia del ser y el tiempo.  En el que transcurre todo; en el tiempo en el que los momentos de felicidad, cariño, ideología y acciones parecen no haber existido.  Porque eso parece la realidad donde la confianza se perdió, también a lo que lleva la mentira.  Se pierde la admiración, se pierde el respeto.  Todo se va, como si quedara atrás de un camino que ya no existe porque está tapado por un alud.  Barro y piedras.

    Leo el diario, las noticias solo son sensacionalistas “Un joven apuñalado en el centro de la ciudad”, “El mayor accionista del Weslay se retira del club”, “El FMI y su próxima cumbre en Latinoamérica”.  Pero los periódicos  no hablan de nosotrxs.  No existimos.
     De sorbo en sorbo tomo el café doble.  Llamo a la garzona.  Le pago dos lucas por el café.  Salgo a la calle, camino unas dos cuadras cerro abajo.  Solo siento dolor.  Reviso toda la charla. Recuerdo casi cada palabra.   Mi maldita memoria otra vez me perturba.

     - ¿Por qué siempre quiri tener los motivos concretos? ¿Cuál es tu necesidad de saberlo todo?

     Saberlo todo.  Ese es el problema.
 
    Recuerdo cuando él me contagio el VIH, mi mundo se desbasto.  Esos días en el hospital.  Los análisis que se repitieron varias veces, caminar por los pasillos del consultorio.  Cuando confirmaron el positivo, no me quiso decir cómo fue la transmisión.  Esa fue una de las primeras mentiras.
     De repente camino hacia arriba.  Se queda en el mirador de Plaza Bismack. 
     Miro el mar, como si él pudiera curarlo todo.  Pero no lo hace.  Pierde su mirada en los cerros. 
     No había nada de malo según él.  A él no le molestan las mentiras.  Ser extraño y manipulador…
    En ese entonces, el de los hospitales, él había dicho que no recordaba de quien podría haber venido la transmisión del VIH. 
     El Mario se había quedado en Valparaíso en ese viaje que hice a Santiago para establecer los contactos con las comunidades del sur.
     Durante ese tiempo de ausencia, el Mario mantuvo un vínculo con la Carola.  Ella misma cuando se enteró del positivo sintió la necesidad de contármelo todo, ella decía que ya tenía los días contados y que lo lamentaba, que ella y su vida como trabajadora sexual la estaban llevando a su propia tumba, - gajes del oficio.  Ella era mi amiga, pero amaba apasionadamente a ese entero webon, aunque todo exigía silencio.  Nadie podía saber la verdad, ni él podía saber que yo sabía de dónde venía la transmisión.  Una mentira, ocultar, no decir.  No podía delatar a la Carola, que el resto de lxs compas supieran que ellxs habían tenido un vínculo sexo afectivo por efímero que haya sido, hubiera sido mal visto.  En su propia subjetividad no se compartía esa actitud por más personal que fuera.  La Carola era una compa, pero sabíamos que más de una vez trabajaba para los pacos y le vendía cocaína a los cuicos del Marilyn.  Pero esa es la realidad de las cabras, que muchas veces no eligen esa vida, son putas, son travas… silencio y ocultar.  Un mundo envuelto en la heteronorma, en lo binario. Aun cuando el positivo me cambio la vida.  En esa época pensaba que mi vida y mis posibilidades iban a ser otras porque no había nada que no podía sobrellevar.  

     - ¡Dime la verdad consha tu madre! ¡Por una vez en tu vida ponte pillo hermano!

     Camino más allá, pienso en todas las instancias de lucha. Pienso en como todo se pierde con el doble discurso.  Como se arruina todo con los referentes irresponsables.  El no hacer.    Piensa en la traición.  Camino unos pasos más.  No puedo dejar de pensar en todas esas charlas entre nosotrxs.  Las confrontaciones, lo que se dice.  Lo político, lo personal.  El miedo y lo que no se dice otra vez.  Los silencios, ocultar es como mentir.  Qué era el anarquismo para ese entonces.  Una suma de almas que luchan entre sí.  Actitudes capitalistas.  La suma de combatientes.  Las acciones directas.  Los entredichos tomando voces ajenas.  Esa falta de sinceridad trae esos problemas del pasado al ahora.  Había muertos, compas en fuga.  El poder que ocultan los fanatismos y las referencialidades que no ponemos en cuestionamiento, las irresponsabilidades en los vínculos como compas; casi como si solo tuviéramos instinto y no gozáramos de sensibilidades.  Nos atacamos como si fuésemos animales de otras espacies.  Y acaso no lo éramos…
     Esos ojos que no volveré a ver.  Sino fue capaz de contarme lo del VIH cómo iba a contarme la verdad de aquella noche.  El arma, los pacos, esa mujer… la caza constante a los peñis en todo el territorio nacional chileno.  Por qué otra vez.  Por qué volvió como una rata a buscarme.  ¿Solo era tomar un café o esperaba que sea quien hable?  Historias inventadas que no corresponden a la realidad, a la mera verdad.  Una realidad dolorosamente transfigurada.

      Habían pasado ya cuatro años de la última acción directa.  En esos momentos existía la necesidad del posicionamiento.  Éramos lxs hijxs de la dictadura pinochetista, nuestras tierras regadas primero con el sudor del trabajo y luego con la sangre de nuestras familias.
    Llego nuestro tiempo y accedimos a la educación.  Los dolores pasados como nuestro deber.  Nosotrxs lxs pobres estudiando en la universidad, endeudándonos, pero accediendo a los estudios académicos como una forma de venganza social.
    Dentro de las fantasías de resistencia pensábamos a la acción desde la acción directa.  Okupaciones de edificios por todo Chile, tendencias de España y el movimiento anarquista en el mundo.  Las tocatas, los fanzines, talleres, charlas, la autogestión, la autonomía y las distintas pegas que como cabrxs íbamos consiguiendo.

     Resistiendo al patriarcado y al capitalismo.  En la U nos conocimos.  De repente y con el lapso de un tiempo decidimos formar una célula anarca.  Era el regreso a la Wall Mapu, reivindicaríamos nuestra identidad y recuperaríamos nuestros orígenes.  Nuestra conciencia nos hizo sentir la necesidad de pelear por estas reivindicaciones.  Y así fue, en uno de los campos del sur comenzamos a planear nuestras acciones.  Lo principal y más costoso fue lograr una organización horizontal.  Todxs sabíamos que era imposible no delegar a unx referente nuestra posición política.  Nuestra voluntad.  Por eso siempre criticábamos al comunismo y al trostkismo porque históricamente habían sido traidores, habían traicionado siempre a lxs compañerxs anarquistas en todo el mundo.  Eran blanco fácil para juzgar, eran lo que no sería el movimiento anarquista, no podríamos ser como ellxs buscando liderazgos y de una u otra forma consentir la lucha por el poder.  Por eso nos jactábamos de ser una organización meramente equitativa, empatica y sin líderes políticos, lxs verdaderxs combatientes que necesita el mundo.
     Entre nosotrxs había comentarios duros, siempre había alguien en quien no confiábamos y el circulo fue cerrado e impermeable.
     Aprendimos a formarnos en muchos aspectos.  Fuimos rigidxs y segurxs.  Y comenzamos a escribir nuestra historia.

     Cuando nos empezaron a investigar como célula los primeros indicios que descubrieron de nosotrxs lxs investigadorxs de las fuerzas de seguridad de Chile, era que nuestra identidad era anarquista y que teníamos vinculación directa con el sur, tierra de nuestros ancestros mapuches.  La vigilancia fue intensa.  Las acciones directas fueron puntuales y esporádicas.  El Estado empezó a tomar medidas drásticas y comenzó una persecución brígida por todo el país, junto con la aplicación de leyes creadas para gentes como nosotrxs.  El Estado usando su legalidad de la violencia en todo su esplendor. La penalización del activismo y la juventud.  Pero existían todos los recaudos. No estábamos solxs en la lucha.  Estaban las comunidades y lxs trabajadorxs.  No había visualización de nuestros hechos.  El Estado no iba a comunicar que había atentados anarquistas, eso podría romper con el orden del sistema y su organización.  No se podía reconocer que el Estado neoliberal chileno tenia fisuras y fugas.
    Sabíamos que nos buscaban.  Hubo diferentes allanamientos en distintas tomas, casas okupas, persecuciones a dirigentes sindicales, se buscaba relacionar acciones directas de Argentina con las chilenas, acusando y extraditando de país a país a compañeros y lonkos.  En los campos de nuestros peñis nos seguían. 

     En noviembre de 2017 hubo cinco allanamientos simultáneos en casas identificadas como anarquistas y muchas especulaciones sobre nuestra célula.
     Dentro de las distintas organizaciones de jóvenes combatientes lxs cabrxs se cuestionaban nuestras acciones. “Esos webones la están pitiando.  Se manejan mal, se manejan solos y los concha su madre no nos contemplan a todos.  Los pacos caen a nuestras casas.  Mi amá llamo a los medios cuando se llevaron a mi hermano. Pero nadie la pesco. Por la shusha esos webones…”  Una vez me comento un cabro indignado en una tocata en Valdivia, mientras a mí no me daba la cara, pero lo que hacíamos; lo hacíamos porque éramos jóvenes combatientes anarquistas.

     En octubre de 2018 habíamos incendiado un refugio de las corporaciones multinacionales mineras de Rancagua.  Le pedimos perdón a la mapu y el fuego se lo llevo todo.  Guardias de seguridad, perris, herramientas, algún que otrx trabajadorx que corrió ante las llamas, un atentado que sumo perdidas casi insumables.  Millones de dólares perdidos.  Con esa acción llegamos muy lejos, sabíamos que éramos capases de darlo todo.  Una vez más fuimos fantasmas y una vez más nadie dijo nada pero lograron romper la unión de nuestra célula anarquista.
     Alguien supo del atentado.  Habían encarado al Mario en un taller que se dio en una okupa en Santiago.  En la asamblea siguiente de nuestra célula se debatió a cerca de la confianza.  La integridad de Mario estaba en peligro.  Al menos él estaba identificado, pero eso significaba que tal vez se sabía la identidad de cada unx de nosotrxs.  Un chiquillo cualquiera supo de nosotrxs. 
    El Mario al tocar con su banda tenía mucho reconocimiento, se sabía quién era.  Sus canciones revolucionarias y agitadoras nos representaban a todxs.  Tenían muchos cabrxs que les seguían en las tocatas y a través de las redes sociales, para el Mario eso hacía que sea todo diferente, se podía especular sobre su accionar.  Pero no todxs estábamos protegidxs.

     En los distintos grupos y organizaciones anarquistas hubo diferencias como siempre.  Las acciones directas son como una utopía para todos estos grupos, todxs siempre hablan de poder ejecutarlas como si fuese un deseo que se dice pero que no se hace. Puro amarillismo, puros garabatos, pero una vez que una célula anarquista comete los atentados suficientes como para dar reconocimiento del movimiento y a su vez generar visibilización de lo que sucede en las tierras ancestrales en recuperación y lucha; los cuestionamientos son cuaticos y brigidos.  Quienes hacen por más pequeños que sean los movimientos y las búsquedas son cuestionadxs, juzgadxs y hasta se transfigura la realidad.  Inventando historias inexistentes, acusaciones falsas a través de mentiras y cahuines.  Lxs que hacen son enjuiciadxs, se marcaba compañerxs que no tenían vinculación con nosotrxs, había una hostigación de los pacos y entre lxs mismxs anarquistas. 
     En las tremendas trifulcas estaban quienes hablaban y quienes hacían, así se terminaron dividiendo casi todos los grupos organizados anarquistas. ¿Pero acaso no estábamos haciendo todo eso de lo que siempre hablábamos y manifestábamos como deseo?   La izquierda comunista tan cuestionada y criticada ganaba adeptxs, pero ese tipo de organización solo respondía las conveniencias políticas que el Estado imponía, solo eran cipayos del sistema respondiendo a formas sin cintura política ni libertad de acción.  Otras organizaciones se alejaban de lo político partidario y lo anarquista, organizándose en pequeñas comunidades, casi sectas alejadas de los centros urbanos que por más snob que fuesen seguían siendo parte de todo lo que odiaban. El mercado les demandaba consumo de una u otra manera; y del mundo no se puede salir…
     En medio de todo ese caos el Mario comenzó a ejercer su poder.  Como referente siempre abuso de sus privilegios y su reconocimiento; también era varón con un discurso de deconstrucción y sensibilidad, era un macho al final de cuentas.   No fue cuidadoso en sus vínculos sexo afectivos, sus carencias eran grandes, no tenía respeto ni compañerismo.  No tenía mucho en cuenta lo que podía llegar a ocasionar con sus irresponsabilidades.  Todo se lo llevo el resentimiento.  Cuando se involucró con la Carola mi corazón se fulmino, no solo por la transformación de mi vida, sino que la irresponsabilidad sentimental hacia la Carola, mostraba una de sus caretas.  La Carola no aguanto la culpa y se suicidó entregándose al mar en Portales.  El SIDA la mataba, pero aún más la culpa, y la culpa…  nosotrxs solo la lloramos.  Yo la perdone en silencio porque ella había hablado y yo lo presentía.  Pero cómo sabia ella lo del atentado a la mina de Rancagua.  El Mario…
     Solo Mario había hablado.  Solo ella nos podría haber delatado.  Ella sabía que éramos una organización fuerte y cerrada, nos había ayudado más de una vez con información.  Pero entre ellxs se rompió la confianza, el resentimiento entre la Carola y el Mario trajeron nuestra desgracia y la célula se dispersó.  Sabíamos que en cualquier momento irían por cada unx de nosotrxs. 

     Un día nos juntamos en una de las playas de Viña del Mar como si fuésemos turistas.  Hablamos durante horas de nuestra organización.  Al principio tuvimos tensión.  Nos fumamos unos pitos y comenzaron las charlas brigidas.  Yo no podía hablar.  El positivo y la ingesta del protocolo de la medicación que estaba tomando habían comenzado a hacer su efecto en mi cuerpo y en mi ánimo.  Se destrozaba el grupo de trinchera y resistencia organizada.  Todo llegaba a su final y con ese final, nuestra libertad.
     Recuerdo que miraba hacia mi alrededor y me fijaba si habían cámaras que nos fotografíen, si había alguien o pacos mirándonos.  No encontrábamos soluciones ni consensos.  El Mario comenzó a tratarnos a todxs de traidorxs, de amarillxs, de hipócritas.  Yo no podía comprender nada de lo que pasaba.  Acusaciones brigidas, “No hay mano para vos hermano.  Vos trajiste la muerte aquí. Ella no aguanto la culpa, La Carola te contagio el VIH.  Tu nos contagiaste.” ¿Cómo se supo eso?  Había mucho que se sabía, pero cómo se filtraba esa información, cómo sabían del positivo, quien más se había contagiado.  No se entendía.  La Carola había hablado eso era lo único que sentía yo.  ¿Pero se podía suponer?  Claramente no.
     Había una verdad y muchas mentiras.
    El Mario dijo que no podíamos romper nuestra célula tan bien organizada; que si nos íbamos a disolver, debíamos accionar en conjunto una última vez, una última acción directa más grande e importante que la de Rancagua.  Vengaríamos a nuestras familias mutiladas por el Estado, la Wall Mapu nos perdonaría, nuestrxs ancestrxs serían reinvindicadxs, el anarquismo no sería solo ideas de cabres.  Nosotrxs durante muchos años lo pudimos hacer y era hora de accionar como nosotrxs sabíamos.  Lo personal es político y lo político es personal.
     Nosotrxs creíamos que éramos capaces de hacer volar el Congreso.  Lo pensamos mientras la marea del mar subía y los cielos se mezclaban en cientos de colores cálidos.  Un hermoso paisaje de enero que rompía con nuestra subjetividad, pero el Congreso era demasiado.  Siempre hubo mucha pasión en hacer lo que queríamos, también había mero interés de formar parte de la historia, aun cuando seriamos siempre anónimxs.  Pero ahí estábamos desintegrándonos, pero a su vez estábamos logrando lo que buscábamos, ya no confiábamos en nosotrxs mismxs.  Había alguien que hablaba…  El Mario comenzaba cada vez más a ejecutar su poder, su ego no iba a permitir que solo él se hundiera en la decidía.
     Esa última acción seria la sanación de la organización o restaba por completo a todo el movimiento anarquista en el mundo.  No había opciones.  Nadie se iba a negar, todxs podríamos ser cómplices y nadie quería ser acusadx de traidorx ni amarillx.
 
     El plan surgió a la perfección.  El atentado seria a la oficina de recaudación del Juzgado 2do. de Valparaíso.  Con tantos partes que hacían los pacos, esas oficinas se llenaban de dinero y para nosotrxs el dinero solo era fetichismo.  Cada unx se ocupó de diferentes espacios y tareas.  El piño se organizó en lugares comunes.  Manteníamos diferentes formas de comunicación manejando un propio lenguaje.  Los encuentros físicos que mantuvimos fueron entorno al arte y la cultura, nos unían las jornadas, pero hacíamos de cuenta que no nos conocíamos.  Reuniones esporádicas y a escondidas en una de las tomas por Belloto.  Todxs tomábamos tareas y nos dedicábamos minuciosamente a investigar todo, cada detalle.  Nos abocamos a las cámaras de la ciudad, vigilamos los patrullajes de los pacos, salida y entrada del personal del juzgado, los movimientos múltiples del dinero y la hora en la que pasaba el camión de caudales.  El plan marchaba en tiempo y forma.  Los acontecimientos suponían la visibilización del nuevo movimiento anarquista en Chile.  Pero después del atentado en Rancagua hubo desconfianza entre nosotrxs y ya las comunidades y lxs trabajadorxs no nos apoyaban como antes, todo era silencio.  Entrenamos mucho para la ocasión, nos preparábamos.  Algo nos carcomía la piel igualmente, sabíamos que alguien había hablado.  Había un sapo entre nosotrxs.

     Llego el día.  Hicimos grupos de tres.  Algo me hizo elegir mi grupo de afinidad y accione con el Mario.
    Nosotrxs seriamos lxs más jugadxs, esperaríamos hasta el final, ejecutaríamos prácticamente la acción.
     Días antes robamos un automóvil en desuso de un cerro, esos que los cuicos dejan botados por ahí, lo acondicionamos para el momento.  Un cochebomba.  Otrxs compas marcaron la zona, muy céntrica y transitada del plan de Valparaíso, cerca de Plaza Victoria.  Estaba todo listo, el otro grupo esperaría al camión de caudales y estaría atento para dar cualquier alerta.  Si salía mal, nosotrxs moriríamos.  La cínica violencia que ejerceríamos sería la de estallar.  Hacer volar por los aires el cochebomba cuando llegara el camión de caudales y parte de las oficinas donde funcionan los distintos juzgados.  Las cámaras serian intervenidas por cinco minutos y el mundo sabría de nosotrxs.
    Sentía nervios.  Tenía miedo. Pero si había coraje.  Me sonó la alarma de la medicación.  También me podía llevar el VIH si era SIDA. ¿Miedo a morir?  Por qué esa acción directa cuando entre nosotxs no había confianza.
    Llego nuestro momento, me baje del auto, me encapuche, camine dirección al cerro diciéndole a cualquier persona que pasara por ahí que estaban robando, que había un tiroteo, lxs transeúntes corrían, a cinco cuadras sentiría el estruendo, pero no me alcanzaría.  El Mario sería el último en salir y caminar, nosotrxs solo debíamos despejar la zona de transeúntes desubicadxs, eso estallaría.  A la distancia logro ver a lxs compas que pasan el cochebomba en bicicleta y le avisan a Mario que atrás venían los pacos.  Su corneta y el sirenazo… las cámaras ya estaban siendo intervenidas. 
     Los pacos estacionan detrás del auto.  El Mario cae en la traición de sus nervios, los pacos bajan y le golpean la ventanilla.  Le estaban por decir que estaba prohibido estacionar en ese lugar, Mario baja el vidrio de la ventanilla y dispara a la cara del paco.  Logra bajar por el lado del acompañante.  Se agacha, vuelve a disparar sobre el otro paco que estaba llegando a socorrer a su compañero muerto.  Mario baja sin encapucharse.  Corre a todo dar, supervelocidad hacia mi escondite.  Nuestro compañero es atrapado por pacos a dos cuadras de Plaza Victoria por Av. Brasil.  La hora era clave.  El camión de caudales llego y dos camiones de pacos ya estaban en el lugar con sus dos compañeros uniformados muertos.  Una embarazada con un cochecito de wawa pasaba por la vereda cuando todo estallo.  Nuestro compañero interceptado corre y los pacos le disparan por la espalda.
     Yo me aturdo.  El sonido del estruendo reboto en los cerros e hizo sangrar mis oídos.  EL Mario me tenía entre sus brazos contiendo mi angustia. En sus manos un arma y sangre. Sin ocultar su identidad.  No omití palabra alguna.  Solo camine cerro arriba y pase la noche en el escondite de la cañada.  Por la mañana fui a la playa y me perdí entre las rocas.  Estuve ahí días.  No supe nada más de nadie.  Fue una caza de brujas.  Como pude llegue a Santiago.  Camine por los pueblos, oculte mis tatuajes, me teñí el pelo, no quería correr ningún riesgo.
     Llegue a la casa de un amigo de Córdoba que no tenía aproximación alguna con el movimiento.  Y me desentendí de todo.  No abrí nunca más mis redes sociales, ahogué mi celular en el mar y comencé a llamarme de otra forma.
     Seguí mi tratamiento con retrovirales naturales, mi vida dejo atrás el intelecto y el activismo.  Mis días de odio fueron intensos.  Cuando pasaron dos años de trabajo, volví a Valpo.  Mi alma solo quería sanarse.  Trabajé de lo que pude.  Limpiaba autos, oficinas, al tiempo arrende por cerro Barón un pequeño cuarto.  Nunca deje de pensar en esos años, hubo un compañero caído, cuatro identificadxs en fuga, viviendo en la completa clandestinidad, entre ellxs el Mario. Y tres de nosotrxs libres, pero sabíamos que éramos perseguidxs y vigiladxs constantemente. Directamente no hubo nada que nos asociara con el atentado, acto inconsciente de acción directa.

     - ¿Por qué tenías un arma esa noche?
     -  Cuéntame algo de ti… ¿Cómo estás?  Hice tantas cosas para estar acá, quiero saber…
     - Estoy bien… ¿No lo ves? ¿Por qué viniste?  Necesito saber la verdad.
     - ¿La verdad? ¿De qué?

     La charla del día anterior. 

     Se rompieron acuerdos ese día, como tantas otras veces, pero lo negábamos, puro garabatos...  No iba a haber más violencia que la planeada.  Deberíamos haber muerto al estallar la bomba.  Éramos anarquistas.  No hubo excusas, fuimos capaces de jugar con nuestro ego.  En todo momento tuve la incomodidad de saber que entre nosotrxs todo se sabía, que lo afectivo se mezclaba con lo político, con nuestra célula.
     Si atrapaban a lxs compas en fuga las sentencias serian perpetuas.  Por eso nos necesitaban a nosotrxs afuera.  El circo mediático de aquel momento nos condenó socialmente, éramos jóvenes, anarquistas, muchas cargas valorativas negativas.  Penalización de la juventud.  No fue nada como lo esperábamos, fue todo un error.  Todo el movimiento perdió reconocimiento y una condena por el solo hecho de pensar desde lo libertario.  Escuche charlas interminables sobre el atentado. Nadie nos creería si le explicábamos nuestras reivindicaciones, nuestra necesidad de recuperar nuestras identidades, nuestro enojo con el mundo… nadie nos entendería ya.
     Nos dejaron ser.  No así, ser libres.
     Todo el mundo está viciado por un sistema lleno de opresión y dolor, trabajo y explotación.  Todo el tiempo nos colonizan, desde siempre, así hemos perdido toda nuestra herencia ancestral, la resistencia resignada a la nada en mi cuerpo.
     … nosotrxs creyendo que un día todo se va a acabar.
    No dejamos de ser personas que más allá de pensar, sentimos.  Se nos van de las manos los sentimientos, todo está reglado, dogmatizado. Somos seres.  El Mario esa noche tenía un arma… ¿Por qué?  La individualidad nos pesa más.  Nos lo dice todo.  Romper acuerdos, traicionarnos entre nosotrxs. No liberamos a nadie de la opresión, sino que nos sentenciamos a nuestra propia muerte en vida.  Matamos a una embarazada, a su niña y a nosotrxs mismxs.  Por qué en esa reunión en la playa el compa le dijo a el Mario que había traído la muerte a nosotrxs. ¿Cómo la Carola sabia de nuestro positivo? ¿Culpa nosotrxs? Si somos anarquistas.  Pero no dejamos de ser jóvenes en esos tiempos.
     Nuestras familias saben que estamos bien.  Cartas y mensajes que enviamos a nuestrxs amigxs desde la clandestinidad que le toco a cada unx.  Todo efímero como si no existiésemos, ni para el mundo, no salimos ya en los periódicos.
     La organización anarquista en Chile es panfleto, pintadas, resignación al trabajo, veganismo y la búsqueda de un título universitario.  Cahuines y mucha desvalorización del trabajo de lxs compañerxs comprometidxs.  El anarquismo en Chile es la búsqueda por el poder, el reconocimiento de lxs otrxs como jóvenes combatientes.  La imposición de una ética y una moral capitalista neoliberal que se disfraza de oveja negra.  Es una linda teoría en los libros, pero no somos capaces de ser compañerxs porque no se acompaña a quienes de verdad necesitan de nuestro compañerismo.  Por eso las comunidades nos dieron la espalda, por eso el movimiento obrero nos niega… ni siquiera somos trabajadorxs… somos simples jóvenes vengando a nuestro cuerpo ancestral que hoy nos niega, que hoy negamos… cuantxs son lxs que realmente están comprometidxs en el territorio, cuantxs aún conservan su apellido winca…  El anarquismo en Chile es una ilusión de chiquillxs mal criadxs y mucha traición.

     Ahora vuelvo a estar en el mirador de Cummings, donde me vi por última vez con mis compas antes de la acción directa del juzgado. Esa noche, veía las luces de los buques de carga que esperaban su turno en el puerto, casi como miniaturas en la inmensidad del mar.  Mar que era oscuro como si fuese petróleo, frío, liso y llano.  Curando la congoja de mi alma colectiva.
     No es posible la revolución pienso mirando el mar turquesa perdiéndose en el cielo, entre los sonidos lejanos del puerto… No es posible mientras estemos viciadxs.
     Por qué el Mario tenía un arma.  Siempre lo supimos, había un sapo entre nosotrxs.  La Carola había hablado. 

     Nunca terminaron para mí los días de odio.




Armate, armate, armate y se violento
Hermosamente violento

Combate, quema, conspira

Sabotea y se violento
Que cualquier, que cualquier, que cualquier, acción violenta
Se justifica completamente
Hasta que todo reviente
Se violento libremente

Armate - La Lira Libertaria