(Escrito para el fanzine "La Fuerza de los de Abajo")
En el Bajo Flores a
la mañana hay silencio. Gente que desde la última parada del 132 camina como cuan fila india unas tres cuadras
por Varela hasta llegar al barrio.
Cuando empieza el club de la esquina y vas avanzado sabes que te vas a
encontrar con la villa, la 1 11 14, una de las villas de emergencia más grande
de la Capital Federal. Dicen que está
poblada por unas noventa mil personas, pero esos datos no son muy precisos. Es una población móvil e intermitente. Hoy hay mucha gente que vive ahí y tal vez en
un mes ya se volvieron a sus países de origen o pueden salir de esa situación…
la de vivir en una villa.
Las personas que
viven en la villa están mal estigmatizadas, “son todos tranzas”, “son todos
chorros”, “son todos faloperos”, “son todos negros”, “son todos bolivianos,
peruanos, paraguayos… que nos vienen a sacar el trabajo”. Estas afirmaciones y esta estigmatización no
son más que cargas valorativas llenas de contenido xenófobo e ignorante. No solo la gente que puede llegar a habitar
en una villa no es todo eso, sino que son personas igual que cualquier persona
que vive en cualquier otro barrio. La
mayoría de las personas son gente trabajadora que lucha día a día para romper
con todos esos prejuicios y todas esas estigmatizaciones deformes que están
implantadas en el sentido común de la población.
Cuando seguís
caminando por Varela y cruzas la calle nueva, ya pisas la vereda de la
villa. El frente de una cara devastadora
y seguís caminando hasta que entras en el primer pasillo y te encontras con una
realidad distinta, con otro mundo, un mundo que no conocemos mucho. El paisaje es extraño. Mucha gente que va y viene. Pequeños negocios
de comida. Gente vendiendo en las calles,
pasillos angostos, construcciones altas de hormigón, construcciones constantes.
De esa exclusión marginal del sistema se puede sobrevivir porque todo lo
provee, porque todo está ahí. No hace
falta salir de ese mundo. Cuando se distingue un rostro y advierten que no es del
barrio, la discriminación se vuelve en contra de los que estigmatizan primero y
pasan a ser estigmatizados, “los gringos”, “los sapos”, “los monos”. Es la
mirada de la otrariedad, ese otro que adentro es como un visitante que solo va
a avistar lo que es una realidad de la pobreza.
Hay gente en el
barrio que no es absolutamente pobre, porque son aquellos que se enriquecen con
la pobreza de los demás. Los punteros
políticos que tienen arreglos con la policía y con los tranzas. Esos son los menos y los más conocidos. Lucran con el trabajo de sus compatriotas y
con la misma pobreza, de esa que ni siquiera ellos van a poder salir porque su pobreza
esta en el alma, en el abuso de la confianza del otro, el de vivir a costillas
de los demás para sus propio bienestar.
El común de la
gente trabaja en otros lugares o ahí mismo.
Los que pueden estudian y tratan de crecer como personas, porque en el
imaginario social esta impuesto que el que estudia va a tener laburo y va a
salir de esa miseria. Otros se las
rebuscan porque no queda más que sobrevivir y salir adelante con la familia,
con los chicos pequeños, con una casa que no es propia. Siempre se intenta salir de la villa pero
están los que prefieren quedarse, alegan que el peligro está en todas partes
pero en la villa son conocidos, están sus amigos, sus parientes y esos lazos
que se construyen en la cotidianidad.
Están los de siempre, los que se
aprovechan de esto y les cobran quinientos pesos o más por una pieza donde vive
una familia, amontonada, comparten cocina, baño. Aprenden a convivir. Pero están ahí en la lucha cotidiana.
El trabajo es duro
porque no se reconoce en él lo que de verdaderamente se hace, a la gente del
barrio, a los villeros, los contratan aprovechándose de esa condición, de su
indocumentación, que están muy necesitados y que al no haber más opción aceptan
esa explotación que es mucho más visible que la explotación en otros
trabajos. Mucha gente trabaja por un
peso la achura de una prenda de vestir y están desde doce a dieciséis horas por
día trabajando, hacinados en los talleres de costura clandestinos en
condiciones paupérrimas de producción.
Otros los que trabajan para pelear el mango tal vez recorren muchos
lugares en busca de precios para poder vender lo que producen, como los que
tienen su kiosquito en la villa o los que venden comida. En el barrio podes encontrar muchas
contradicciones, pero la más grande y visible es la existencia misma de la villa. Tal vez el Estado y por qué no la sociedad
misma tiene responsabilidad en esto, por hacer y aceptar políticas de estado,
la legitimidad a la explotación de la esencia humana, la legitimidad a la
marginalidad y a esa otroriedad que se niega.
Ejemplo de esto es el Plan Patria Grande que es un acuerdo entre los
países que conforman el Mercosur. Pero
aun así en esa condición de villeros se encarna una lucha social en busca de un
porvenir mejor lejos de la discriminación, las drogas, la estigmatización, la
miseria y la muerte.
Dentro de esa lucha
también hay otros aspectos y uno que denota sobre otros, que es la
solidaridad. El Bajo Flores se divide en
sectores, la 1 11 14 es la unión de tres villas de emergencia, conviven la comunidad
paraguaya, la boliviana, la peruana y también hay muchos argentinos que
llegaron de provincias del interior. La
gente que vive en la villa no tuvo más alternativa que vivir ahí con sus
familias porque era el último recurso que les quedaba. Pero entre los vecinos son solidarios. Muchas veces trabajan juntos para diferentes
actividades sea desde una fiesta para conmemorar a un santo o virgen o en
situaciones dolorosas como es la pérdida de un ser querido donde cada uno
colabora con lo que puede para afrontar los gastos que esto requiere. En estas situaciones se ve cuando entra en
juego su fe cristiana. Hay diferentes
instituciones religiosas, pero la más fuerte y predominante es la
católica. En una de las calles
principales del Bajo hay un San Jorge gigante, el santo de los ladrones; en la
villa trabajan los herederos del movimiento de sacerdotes tercermundistas, los
curas villeros. Esos curas politizados,
marxistas y peronistas que fueron representados en su labor por Mugica,
Ricciardelli y el padre Pepe “vivir con Dios en la pobreza”. Hacen propia la lucha de los que menos
tienen; y al fin y al cabo su trabajo de contención es positivo. Están ahí donde otros no están, donde otros
no saben estar.
Dice Lujan: “yo en
el trabajo no digo donde vivo. Si no que
cuando conoces a la persona, a tu compañero y ya hay confianza digo que vivo en
la villa, sino no…”
En la 1 11 14 se
escucha una balacera. Es en la manzana 5
y en la manzana 6. El colectivo tal vez
deje de pasar. Pero juega San Lorenzo y
a pesar de que la mitad de los vecinos son de bosteros se llena de rojo y azul
los alrededores del barrio. En la villa
suena la cumbia y podes comer silpancho y tomar una inca cola por una módica
suma de ocho a diez pesos. Podes terminar el secundario en el bachillerato
popular. Podes tener amigos y jugar al
futball como en cualquier barrio e ir a la cancha. Podes salir a las calles
como vecino de la Capital a hacer denuncias sociales y organizarte para
levantar la intervención, básicamente enfrentar a las injusticias sociales, en
la villa no solo hay transas. Hay
personas que son mucho más valiosas que esos prejuicios ignorantes. En la villa hay contradicciones y el primero
es que existan, pero el más grande esta en los que no vivimos en la villa.