10 nov 2013

LUZ Y CALOR

     En sus manos se quemaba cada una de las poesías que escribía.  Los papeles ardían sin explicación alguna. Ya las páginas de su arte estaban arruinadas solo por el fuego. En el punto final de aquella heroica y singular aglomeración de palabras sonoras que reflejaban sus sentimientos ardía.
     Se esfumaban sus poesías, ya no podía decir con sus palabras en papel lo que en su cuerpo atrofiado por los años y el mal tiempo sentían. “No poder decir” era lo que en su mente retorcida se le venía una y otra vez. “Cómo decirlo”, “no poder decir”.
     Simplemente las poesías ardían. Eran fuego una y otra vez. Sus lágrimas se agolpaban en sus ojos. No poder decirlo era para perder la vida, era no poder trascender en el tiempo, nadie iba a saber qué sentía si esas hojas, sus poesías, se prendían fuego.
     Pensaba que su alma estaba quemándose, pensaba una vez más en una simple maldición que debía sortear.
     Pero simplemente sus palabras eran devoradas por el fuego. 
     Quería recordar la primer poesía que había escrito antes de que empiecen arder todas las que le siguieron. El ejercicio de volver a escribir de igual forma aquellas palabras era casi un desafío, no recordaba con exactitud la conjugación de los verbos, cómo había escrito cada verso. Solo recordó el fuego en el papel en el último punto al finalizar la escritura.
     Pero intento recordar dónde había perdido la última poesía antes de la primera que empezó a arder.
     Revolvió su cuarto, su casa. La busco hasta el cansancio; que se presentó casi como un eterno sueño. Solo durmió, un tiempo demencial.  Pesadillas, sueños pesados, dientes en los sueños.  Un temor inmenso a la muerte se apodero de su alma.  Sus pensamientos se agudizaron en el letargo.      El sueño no trajo calma alguna pero sintió que confundía la realidad con aquellos sueños.
     Volvió a escribir una poesía al despertar, después de tan groseros sueños.  Pero su poesía al ser terminada se prendió fuego.
     No puedo decir nada.  Pero lo peor era que aquello no tendría que suceder.
     Mirando el papel quemado desde un rincón lloro una y otra vez. Sus lágrimas no se secaban, no se terminaban y el dolor se hizo carne. Se acento en su pecho quitando casi el aire. Aquello le dolía. Se sentía morir porque vivía por sus poesías y a través de ellas decía, no importaba bien qué, pero solo decía.

     Al cabo de un buen rato de llanto y dolor empezó a sentir en su cuerpo la necesidad de dejar todo, pero dejar una huella. En medio de tanta angustia comenzó a escribir la poesía más bella del mundo, nunca jamás nadie había dicho con palabras tan simples cosas tan bellas.  Escribió cada palabra en su piel y cuando termino de decir, su cuerpo se incineró.  



"Si el fuego quema mi cuerpo, la realidad es que seré luz y calor, casi como el sol"