26 mar 2011

Y TODAVIA TE QUIERO


No supuse demasiado. Solo sabía que debía llegar y que ya era tarde. Corrí por las calles de la ciudad. Los vehículos solo desviaban sus trayectorias y no había medios de transporte por esa zona. Era tarde y yo sabía que tenía que poner mi voluntad y todas mis fuerzas en mi cuerpo para llegar. Debía llegar. No tenía muchas más opciones.
Y en el laberinto de mascaras que me atravesaban solo dilucidaba mi ansia, la fuerza de mi destino que se estaba escribiendo en ese momento y casi dejando mi cuerpo sin alma recordé el carnaval donde conocí a quien robaría todos mis pensamientos…

Era verano cuando el clima destella sus últimos días bellos, cálidos. El calor no agobiaba ni tampoco el frio estaba presente. Era carnaval por las calles del Abasto. Yo aun me sentía muy joven, sentía que todo estaba en mis manos y que estaba definiendo mi futuro. Era carnaval y todos sonreían en las calles del barrio. Los niños jugaban con agua y se mojaban entre ellos. Mi vida era un tango… uno más como esa nostalgia positiva de haber vivido todo y tener todo pendiente para poder reaccionar, riendo bajo el yugo voraz de la vida.
Y entre ese laberinto de mascaras y el grito murguero me encontré con sus ojos estrechos y efímeros, los seguí hasta donde más pude. Los seguí hasta que un poste de luz me golpeo la cabeza y reaccione. Pero sentí su carcajada y la vergüenza me carcomió el alma en un segundo, mientras que mi rostro era de un rojo manzana.
Esa noche solo dormí pensando en su rostro. Me quito el sueño y casi toda el habla; pero en la dura cama de la tapera de Jean Jaures me dormí escuchando el susurro de un tango, solo imaginando ese rostro y el próximo momento en el que iba a volver a cruzarlo, me hundí en esos ojos y soñé…
Pasaba el carnaval y asistía a las comparsas y murgas buscando entre los espectadores a los ojos que me habían robado el corazón. Todo se había transformado en un juego, no había razonamiento alguno en mi comportamiento enamoradizo. Pero me alegraba los momentos de ocio. No estaban las responsabilidades de la fábrica ni los quehaceres cotidianos. Era el juego de sentir que el corazón se escapa por la boca…
Y entonces entre ese laberinto de mascaras y risas volví a encontrar a esos ojos penetrantes y solitarios en medio de tanto tumulto… los volví a seguir fijamente y ellos me devolvieron junto a su boca una sonrisa, que penetro mi carne, sentí escalofrió, sentí la sangre convulsionarse en mi cuerpo.
Me acerque casi involuntariamente, le pregunte su nombre y con quien estaba. Luego no sé como paso con exactitud, ya estábamos lejos de los festejos de carnaval y caminábamos por Av. Corrientes en busca de un café. La ciudad no se callaba y mi voz tampoco… pero me envolví en sus brazos, mire a sus ojos, escuche suave su voz y los latidos de su corazón que traspasaron mi pecho y así me perdí en mi propio destino, en eso que no supe describir más que como el amor. No sabía lo qué era, no tuve caricias de madre ni amor alguno… Pero a su vez ese sentimiento seria mi perdición.
Esa magia y el destello de tanta alegría convirtieron mi vida, que con el tiempo se hizo pedazos, terminando con amargura y con dolor. Nunca pude arrancar de mi pecho ese amor. Ese amor que me dio el tormento pero que me lleno de vida y siempre supe que al lado de ella no tenía destino alguno, pero solo forcé mi vida y creí en su voz.
Por esa época frecuentábamos algunas milongas y a la hora del baile ella seguía mis pasos, guiaba sus ojos y los latidos de nuestros corazones. Bailando sentía que éramos libres, que éramos únicos y que no existían personas algunas en el mundo con tanta dicha al fin… brillaban sus zapatos en el piso recién lustrado y sus ojos siempre me inundaban de amor. Pero conscientemente sabía que en sus palabras había mentiras. Una oscuridad que me encerraba, pero no quería ver la verdad porque era reconocer ese dolor de la mentira. La alegría de ese carnaval se perdió con el tiempo y a medida que pasaban los años mi risa se perdía en esos ojos, en sus palabras, en tantas mentiras y esos silencios eternos. Y por qué…
Pero elegí mi perdición y la cruz de mi vida. Elegí amarla como nunca antes había amado a alguien. Nunca quise antes a alguien así.
Mi angustia y mi tormento crecían con el pasar de los días y los años. No sabía qué era lo que ocultaba, no sabía por qué me mentía, solo sabía que había algo que no me decía. Pero en su dulce voz y en cada uno de sus te amo; mi cuerpo se estremecía. Se iba mi corazón sin razón alguna a dejarse envolver por sus brazos.
Un día de esos en que nos encontrábamos por Callao y Corrientes en la salida del subte la vi llegar preocupada. Con un semblante amargo y su voz casi quebrada, pero sin emitir demasiadas explicaciones, me dijo que eran tiempos difíciles y que los fantasmas del pasado volvían. Pero que su dedicación y su vida ya no les pertenecían. Que jamás me dejaría de amar y que sepa que siempre estaría junto a mí. Fue la primera vez que me declaraba una despedida… recuerdo que el tango que sonaba en la confitería era oportuno, la voz de Podestá describía mi instante quieto en el tiempo. Se escuchaban los ruidos del billar del fondo. Solo era misterio y así partió con un beso tibio. Pasaron días hasta que volví a saber de ella. El invierno congelaba mi vida, mi corazón y las respuestas que no tenia se perdían en las horas flagelantes de mi alma.
Recibía las caricias amargas de su compasión en los encuentros que siguieron, la falta de explicaciones, la negación. Su cuerpo y sus formas ya eran solo una expresión de desazón y dolor. No decía mucho, no decía nada.
Ya no dejaba que frecuente su casa ni que la busque en su trabajo, no íbamos ya a los lugares comunes que compartíamos. Los días de la milonga se habían perdido. Nos veíamos contados minutos y de vez en cuando. Yo sentía mi alma agonizando por la ausencia de su amor. Sentía que ella me engañaba, que no me quería, que sus palabras eran mentiras. Nunca pensé en lo que estaba pasando realmente.
El destino de mi vida se escribía con el profundo pesar de esos ojos negros. Y la historia se empezaba a escribir con el destino de esos ojos negros.
Habían pasado ya años de aquel carnaval. Se repetían las situaciones, el carnaval había llegado de nuevo. Ese sería el último carnaval. El calor era sofocante y me vi solitariamente caminando entre las murgas y las comparsas. La busque entre tantos rostros y el laberintos de mascaras. Como una simple fantasía creí poder encontrarla en el mismo lugar donde la conocí. Los niños bailaban y el corso mostraba la alegría de una historia que no era real.
Volví a la casa y la mujer encargada me dijo que había recibido una llamada, me dejo el papel con el mensaje y decía que me esperaba en la esquina de la avenida Corrientes al 3800 y justamente faltaba una hora nada más para el encuentro.
Corrí a lavarme y cambiarme. Salí a buscarla.
Cuando llegue sentí un dolor inmenso en mi pecho. Sus palabras fueron concisas. Que ya no podíamos vernos. Sin más premonición se dio vuelta y camino. Yo quede petrificado y sin voz. Y ella viéndome sufrir.
Camine por horas y llegue a un salón escondido en un lugar recóndito del Abasto, ya no había gente en la calle. Ya el calor no me importaba. Solo el alcohol acariciaba mi piel y su olor me poseía. No iba a dejarla así; sin pelear por su amor aunque fuese todo mentira, yo su amor necesitaba… era mi martirio y dolor. Pero aunque fuese una infamia era mi amor. El único amor conocido y sentimiento vivido…
Con las energías que me dieron mis pensamientos, corrí hasta su casa y golpee fuerte su puerta y solo con mi llanto le gritaba que me abra… ella salió tan esplendida y bella como siempre y solo me grito “ándate… aunque no entiendas que te estoy salvando…, es porque te amo. Estos tiempos desolados ya se irán pasando, pero no vuelvas a buscarme…”
Me fui con mi corazón roto y mi borrachera… solo me consoló mi cama y el olor amargo a humedad de mi pieza en la tapera de la calle Jean Jaures.
Me aferre a la tibieza del alcohol, a mis desolados recuerdos de lo que viví con ella. Esa pasión que marco mi destino. No entendí por qué tantos secretos, tanta dureza en sus palabras y siempre sentí la necesidad de buscar respuestas donde no las había. Fueron solo esas palabras… la ansiedad y enloquecer.
Caminando por el corso y la alegría del carnaval. Un niño vecino de ella me encontró en el paso lento de mi tristeza… me pidió que me agache que algo me tenía que contar, solo me susurro al oído y sentí la necesidad de buscarla, salvarla, salvar mi vida y mi roto corazón.
No supuse demasiado. Solo sabía que debía llegar y que ya era tarde. Corrí por las calles de la ciudad. Era tarde y yo sabía que tenía que poner mi voluntad y todas mis fuerzas en mi cuerpo para llegar. Debía llegar. No tenía muchas más opciones.
Pero cuando llegue la puerta de su casa estaba abierta, estaba todo revuelto y ya no había rastros de ella.
Se la habían llevado.
Rebelde su amor y su corazón. Mi amor se fue… mi amor me fue despojado.
… y así me coinvertí en mi tango… y todavía la sigo queriendo. La sigo esperando aunque ya sé… ninguno volvió.
Ese fue nuestro último carnaval. Su último carnaval. Ya no habría alegrías, la guerra sucia empezaba. Los días de carnaval no dejaban regresar. Ella no habría de regresar, mi amor clavado en mi pecho y siempre la he de llorar.