
Jacinta a las tres de la tarde se estaba comiendo un churrasco. La puerta de entrada estaba abierta para que se ventile la pieza. Entre las cortinas verdes para las moscas; miraba para afuera, miraba para la calle.
Pensando cuantas letras tendría su nombre; diez… no conocía nombres tan largos. Eulalio, Clodomiro, pero tenia cara de nombre común. Juan, Luis…
Pensaba mientras estaba comiendo un churrasquito y mirando para afuera.
La calle vacía por la siesta de los vecinos. Los chicos en los colegios.
Jacinta pensaba, pero no se daba cuenta de lo que le pasaba. Para ella era un juego gracioso. Un suspiro tirado al viento. Sonrisas que hacia mirando al viento y sonrisas que hacia mirándose al reflejo del vidrio del tren.
Lo feo era vivir lejos. Un tren y un bondi. ¡Hola! ¡Hola!... (Sonrisas) ¡Chau! ¡Chau!... (Sonrisas) y era su bufanda roja y al otro día esa remera roja. Con esas letras en ingles que decían “The Ramones”. Todo se basaba en sonrisas. Pero Jacinta mientras cantaba canciones con ritmos movedizos, pensaba… cinco letras. No más de diez.
El sábado en el baile que organizo el Raúl se encontró con el hijo de Doña Maria, que tenia la misma remera que el chico del puesto de diarios de la estación de Retiro.
Se le acerco con un vaso de vino en la mano, único que tomo en la noche, con un gesto se lo ofreció y el chico le dio un par de tragos.
Jacinta le pregunto que quería decir eso de “The Ramones”, que había visto esa inscripción en más de una remera. Ella no conocía.
El chico le explico que eran una banda punk, que eran sus favoritos. Le hablo un rato sobre el punk, pero la verdad que Jacinta no entendió nada.
Todos los días durante cinco años Jacinta se tomaba el tren en la estación de Carupa hasta Retiro y de ahí un colectivo que la dejaba en Congreso. En las oficinas donde ella limpiaba y hacia el café para los empleados.
Lo bueno del trabajo era que Jacinta a la una de la tarde ya se tomaba el colectivo para ir Retiro y a las tres de la tarde llegaba a su casa.
Jacinta no sospechaba lo que le estaba pasando, era un lindo juego imaginar besar al chico del puesto de diarios.
Los sábados y los domingos lo pensaba y lo imaginaba. Lo invento y lo idealizo en su cabeza.
Soñaba con él casi todos los días, lo imaginaba bailando “Cumbia sobre el mar” con ella en un baile de los de su barrio.
Lo imaginaba como una adolescente enamorada, era su único juego en una vida de trabajo y sacrificios.
Había veces que ella quería pasar a comprarle un diario o una revista, pero gastar un peso de más, era tal vez el kilo de pan que no podría comprar al otro día.
Jacinta empujada por el tumulto de personas siempre trataba de pasar por al lado de puesto fijo de diarios del muchacho punk ¡Hola! ¡Hola! Y la panza de Jacinta se estrujia en nauseas, en un vaivén de frío y calor su rostro se ponía colorado y apretando fuerte su cartera, aceleraba el paso dejando rápido atrás a su lindo diariero.
Jacinta estaba rara. A Jacinta le pasaba algo que no podía explicar. Una cosquilla en la panza y su más humilde tesoro, la sonrisa y mirada de su príncipe azul.
Humilde tesoro, aunque ella se sentía reina en el más pobre de los reinados de Carpa.
Transportada en un tren de lujo junto a gentes burguesas y adineradas. Niños de seis años que practicaban ingles con sus madres. Cuerpos esbeltos de ojos claros y tez blancas.
Gringos, un tren de gringos.
Que se horrorizaban por el olor a mugre de los diez niños de la calle que corrían por los vagones huyendo del guarda y el policía que los querían bajar… una de esas señoras refinadas y educadas le decía al policía que caminaba lento y alejado de los otros persecutores: “baje a esos negros de mierda, VILLEROS”. El policía solo la muequeaba una sonrisa.
Uno de esos chiquillos vivía a dos casas de la suya.
La mujer mientras comentaba a otra: “ya no se puede viajar ni en este tren. Los tiempos cambiaron hay que tener ojo. ¡Por qué si no! Seguro te roban”.
A pesar de todo Jacinta no se percato de nada. Miraba por la ventana con una sonrisa dibujada en su cara, pensando, no más de diez letras, un nombre común.
¿Cómo se llama? Juan, Luis…
Hacia mucho frío en la mañana del 26 de agosto, Jacinta bajaba como siempre embufandada, abrigada de pies a cabeza. La gente más apurada que ella la empujaba.
Caminaba para el lado del puesto de diarios.
La gente más apurada.
Casi cuando iba llegando a la altura del puesto. La gente se comenzaba a atropellar unos con otros.
La gente gritaba.
Jacinta no entendía nada.
De repente ve a un policía apuntaba con su arma hacia dos jóvenes que corrían desaforados. Cuando uno gira, Jacinta logra ver que también los jóvenes tenían un arma.
El joven disparo y a la vez la policía, que ya no era uno sino tres, apuntaban a los jóvenes con sus armas reglametanrias y disparan.
Jacinta no entendía nada.
Ella solo apretaba fuerte su cartera; en la llevaba las pocas monedas para regresar a su casa, el documento porque tal vez ese día cobraba el sueldo del mes, un peine, un lápiz y un anotador con un simbolito de “The Ramones” dibujado por ella.
Jacinta sintió un fuego que traspasaba desde su pecho a su espalda. No eran las cosquillas ni el calor de cuando se sonrojaba por el chico del puesto de diarios.
Sus piernas se aflojaban. Vencidas por el dolor y la extrañación del hecho.
Cayó al suelo, desplomándose lentamente y el chico del puesto de diarios corrió rápidamente a socorrerla.
La sostuvo en sus brazos y gritaba por un medico o una ambulancia.
Los jóvenes ladrones solo se llevaron la cartera de una vieja cheta con veinte tarjetas de crédito, una agenda de cuero, un celular, un monedero con dos monedas de un peso y tres de veinte centavos.
Un meseser con un corrector de ojeras, un lápiz labial rojo, una mascara de pestañas, un delineador negro y unas sombras a tono con el lápiz labial.
Jacinta estaba en los brazos de su príncipe azul. Estaba encantada, sentía que su alma se le volaba y el chico la miraba horrorizado por la situación.
Casi lloraba.
Ella se moría y nadie llegaba.
Jacinta le pregunto: ¿Cómo te llamas?
Él le contesto Sebastián.
Nueve letras, no menos de cinco, no más de diez.
