El café que
inunda la ciudad. El aroma recorre los
cerros que hacen de Valparaíso una ciudad encantadora. De encantos sublimes, una magia que con la
humedad del mar y su sabor a sal hacen pieles curtidas. Forjadas piernas y huesos duros. Valparaíso mescla todo en una ciudad. Un submundo pegado al mar que se impone como
cuan cuento de fantasía y realidades foráneas de estos lugares del mundo.
Una noche
de aroma a café intenso, de un verano próximo, dos personas transitaban una
misma calle, la Bellavista que entre la Av. Brasil y la Av. Puerto se ocupaba por
vendedorxs de papas fritas, pizzas, sopaipillas, tabaco, completos; un puesto
tras puesto. La música pasaba de cumbia
a pop inglés.
El mar estaba sereno con una transparencia
turquesa. El sol ya desaparecía y
reposaba sus últimos rayos en él. Por la
misma calle Bellavista caminaba Aurelia, siempre cantando con su parlante a batería
en su hombro, como unx habitante del Bronx.
Su cabello negro estaba amarrado, sus ropas limpias y alineadas y su violencia
cotidiana. Insultaba a cualquier persona
que transitaba cerca de ella. Las miradas
acusadoras de lxs normadxs irritaban su particular sensibilidad. Perturbaciones de su ser que desconoce cada
persona que se topa con ella.
Más allá, delante de un enrejado que protegía
un puesto de jugo de frutas naturales, una confitería al paso y un par de
puestos de artesanos. Un hombre entre
unos treinta y cuarenta años totalmente alcoholizado gritaba frente a la puerta
de la reja. Gritaba desaforadamente que
el día tenia veinticuatro horas, que en unos pares de horas tocaría abrir y que
iba a estar ahí. Estaba vestido con su
visu extraña como si fuese un mafioso italiano que combinaba con su voz ronca
de whisky y tabaco.
A sus espaldas escondía un gran cuchillo,
una faca de campo, de esas con las que se desangran a los animales. Sus gritos eran cada vez más intensos. Gritaba obscenidades, amedrentaba al vendedor
de gaseosas diciéndole que esos webones iban a morir. Mientras las personas que caminaban por la
calle Bellavista no se inmutaban de ese espectáculo.
La calle es así, tierra de nadie. La calle sirve para caminar, para patearla y
no exactamente dándole patadas al cemento… patear la calle es una doctrina que
no es para corazones tímidos ni blandos.
Hay que saber pelear y plantarse frente a las adversidades a las que te
expone la vida. La calle no es para
cualquiera, en esa jungla la única vida que vale es la propia y la de quienes
valoras lo suficiente como para darla por unxs otrxs, sino estas a mano con el destino.
La gente ignoraba a el robusto Amadeo,
llamado “El Roña”, que había llegado a Valparaíso desde la Octava Región. Curtido por el hambre y el frío, forjo su espíritu
y cuerpo sin tener en cuenta al mundo. Su
sensatez era escaza, puro impulso, acertado o no, su vida siempre fue una
lucha. Sobrevivir sin entender de los
afectos y el dolor. Decía que nació para
ganar y así lo hacía, sin importar cómo ni el precio que costaría en su vida
cada acción mal tomada.
Sus gritos eran cada vez más fuertes. Su rabia crecía segundo a segundo, de un
momento a otro, Amadeo se le acerca por la espalda a una mamita de un puesto de
frutas. Le habla al oído, como en un
gesto romántico, apoyando su pecho en la espalda de ella. Susurraba suavemente en su oído malos
augurios de sudor y sangre. Al lado de
la doña estaba una niña de nueve años que miraba esa escena sin decir nada. La cara de su madre fue inmutable, casi que
no pestañaba, miraba al frente.
Amadeo se dio la vuelta con la faca
escondida en su antebrazo derecho. Media
vuelta y volvió a gritar desde la calle que saliera, que era un maricon, que lo
iba a matar. Amadeo mostraba su hombría,
su feliz legado de matón y macho. Tres hombres
se asomaron a la reja desde el lado de adentro, le gritaron que vaya a su casa,
que vaya a descansar. Que se dejara de webiar y dar espectáculo.
Amadeo corrió violentamente con
supervelocidad hacia la reja y les gritaba que eran unos webones consha su
madre, que no se iba a ir, que habían sido tres chelas y que iba a tomarse un
whisky. Les tres hombretones de adentro
lo miraban y se le reían en la cara; dieron media vuelta y se fueron hacia
dentro, desapareciendo en la oscuridad de entre los puestos.
La faca recorría la reja de un lado a otro
haciendo un ruido chillón y molesto. Un sonido
que amedrentaba o eso es lo que pretendía.
Violencia en la calle. Amadeo volvió
a gritar y se dio la vuelta. Cruzo la
calle. La noche ya era noche y solo
estaba iluminada por las luces de la calle del alumbrado público de la ciudad.
Aurelia iba gritando blasfemias, pero el
volumen de su parlante y sus gritos hacían unísono lo inentendible de esos
gritos. Había muchas particularidades en
esa mujer. Una era su pulcritud, su pelo
negro azabache amarrado siempre con cintas de colores. Su parlante siempre en funcionamiento y su pálida
juventud. Ella venia de Cerro
Alegre. Su familia hacia lo que podía por
cuidarla. Su tía Graciela decía que la
locura era hereditaria, que hubo varios locos en la familia. Y así transito su vida diagnosticada por un
par de prestigiosxs académicxs de la medicina.
Ella estaba loca, caminaba hablando en un tiempo que no transcurrió, su música,
sus pensamientos permanecían ahí, como un cumulo de todo que eran nada. Cavilaciones
propias, reales, con nociones fuertes y el quebranto de la norma, que hacía que
percibiera muy sensiblemente a esos ojos acusadores de lxs normadxs que no
comprenden, que no toleran ni empatizan con lo otro que les es extraño e
incomprensible. La obligatoriedad de ser
normal sin preguntarse qué es la locura en realidad para nosotrxs. Una pregunta que tiene respuesta social y
mucha responsabilidad.
Aurelia cruzo la Av. Brasil y se paró
frente al puesto de papas fritas, busco en sus bolsillos y saco quinientos
pesos. Se compró un combo chico. Camino compenetrada en sus papas fritas. A unos pasos de ella estaba Amadeo que volvía
de la botillería con una botella de whisky en su mano izquierda y escondía la
faca que tenía en su mano derecha a sus espaldas.
Volvió enfurecido, blasfemando sobre las
conchas de las madres de los tres hombres que habían hablado con él momentos
antes.
- Por la shusha… ¡Concha su madre!
¡Webones de mierda! Los voy a
matar. Ustedes no saben quien soy.
¡Webones de mierda! ¡Concha su madre! ¡Salgan cagones! ¡Qué aquí les voy a
esperar!
En el mismo momento que Aurelia pasaba por
delante del enrejado de los puestos, escucho los gritos de Amadeo. Con su parlante ya colgando, tiraba las papas
fritas por el aire y se abalanzaba sobre Amadeo creyendo que él, en su griterío,
se estaba refiriendo a ella.
- ¡Concha tu madre tu pos webon! Le grito
ella. Luego se hizo un inentendible
cumulo de insultos en voz más que alta. Amadeo
le gritaba, - Loca, qué te pasa. ¡Déjame!
Entre el forcejeo y los manotazos y arañazos que ella hacía en la cara
de él, la botella de whisky se estrola en el piso. Enfurecido Amadeo con ese acto y enceguecido,
clava cinco veces la faca en el abdomen de Aurelia, que seguía gritando
desaforada. Ella fue madre. Para ella había que respetar a las madres y
nunca más iba a dejar que alguien le diga mala madre aunque sentía fuego en su
abdomen, aunque sienta que su sangre tibia se saliera por sus entrañas.
Ella cayó al piso de la vereda de la calle
Bellavista, en la puerta del enrejado que protegía a un par de puestos.
Amadeo quedaba con la vista perdida hacia
el mar como buscando que sus aguas lo limpien de tanta sangre. No se movió hasta que sintió muchas manos que
lo sujetaban y tiraban al piso. Gritos de
horror que escuchaba de otras gentes que pasaban por el lugar.
Valparaíso se llenaba de aire tibio y olor
a café intenso. El aire húmedo del mar y
su sabor a sal.
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