6 may 2019

VALPARAÍSO CON AROMA A CAFÉ

     El café que inunda la ciudad.  El aroma recorre los cerros que hacen de Valparaíso una ciudad encantadora.  De encantos sublimes, una magia que con la humedad del mar y su sabor a sal hacen pieles curtidas.  Forjadas piernas y huesos duros.  Valparaíso mescla todo en una ciudad.  Un submundo pegado al mar que se impone como cuan cuento de fantasía y realidades foráneas de estos lugares del mundo.
     Una noche de aroma a café intenso, de un verano próximo, dos personas transitaban una misma calle, la Bellavista que entre la Av. Brasil y la Av. Puerto se ocupaba por vendedorxs de papas fritas, pizzas, sopaipillas, tabaco, completos; un puesto tras puesto.  La música pasaba de cumbia a pop inglés.
     El mar estaba sereno con una transparencia turquesa.  El sol ya desaparecía y reposaba sus últimos rayos en él.  Por la misma calle Bellavista caminaba Aurelia, siempre cantando con su parlante a batería en su hombro, como unx habitante del Bronx.  Su cabello negro estaba amarrado, sus ropas limpias y alineadas y su violencia cotidiana.  Insultaba a cualquier persona que transitaba cerca de ella.  Las miradas acusadoras de lxs normadxs irritaban su particular sensibilidad.  Perturbaciones de su ser que desconoce cada persona que se topa con ella.

     Más allá, delante de un enrejado que protegía un puesto de jugo de frutas naturales, una confitería al paso y un par de puestos de artesanos.  Un hombre entre unos treinta y cuarenta años totalmente alcoholizado gritaba frente a la puerta de la reja.  Gritaba desaforadamente que el día tenia veinticuatro horas, que en unos pares de horas tocaría abrir y que iba a estar ahí.  Estaba vestido con su visu extraña como si fuese un mafioso italiano que combinaba con su voz ronca de whisky y tabaco.  
     A sus espaldas escondía un gran cuchillo, una faca de campo, de esas con las que se desangran a los animales.  Sus gritos eran cada vez más intensos.  Gritaba obscenidades, amedrentaba al vendedor de gaseosas diciéndole que esos webones iban a morir.  Mientras las personas que caminaban por la calle Bellavista no se inmutaban de ese espectáculo.

     La calle es así, tierra de nadie.  La calle sirve para caminar, para patearla y no exactamente dándole patadas al cemento… patear la calle es una doctrina que no es para corazones tímidos ni blandos.  Hay que saber pelear y plantarse frente a las adversidades a las que te expone la vida.  La calle no es para cualquiera, en esa jungla la única vida que vale es la propia y la de quienes valoras lo suficiente como para darla por unxs otrxs, sino estas a mano con el destino.

     La gente ignoraba a el robusto Amadeo, llamado “El Roña”, que había llegado a Valparaíso desde la Octava Región.  Curtido por el hambre y el frío, forjo su espíritu y cuerpo sin tener en cuenta al mundo.  Su sensatez era escaza, puro impulso, acertado o no, su vida siempre fue una lucha.  Sobrevivir sin entender de los afectos y el dolor.  Decía que nació para ganar y así lo hacía, sin importar cómo ni el precio que costaría en su vida cada acción mal tomada.
     Sus gritos eran cada vez más fuertes.  Su rabia crecía segundo a segundo, de un momento a otro, Amadeo se le acerca por la espalda a una mamita de un puesto de frutas.  Le habla al oído, como en un gesto romántico, apoyando su pecho en la espalda de ella.  Susurraba suavemente en su oído malos augurios de sudor y sangre.  Al lado de la doña estaba una niña de nueve años que miraba esa escena sin decir nada.  La cara de su madre fue inmutable, casi que no pestañaba, miraba al frente. 
     Amadeo se dio la vuelta con la faca escondida en su antebrazo derecho.  Media vuelta y volvió a gritar desde la calle que saliera, que era un maricon, que lo iba a matar.  Amadeo mostraba su hombría, su feliz legado de matón y macho.  Tres hombres se asomaron a la reja desde el lado de adentro, le gritaron que vaya a su casa, que vaya a descansar. Que se dejara de webiar y dar espectáculo.
     Amadeo corrió violentamente con supervelocidad hacia la reja y les gritaba que eran unos webones consha su madre, que no se iba a ir, que habían sido tres chelas y que iba a tomarse un whisky.  Les tres hombretones de adentro lo miraban y se le reían en la cara; dieron media vuelta y se fueron hacia dentro, desapareciendo en la oscuridad de entre los puestos.

     La faca recorría la reja de un lado a otro haciendo un ruido chillón y molesto.  Un sonido que amedrentaba o eso es lo que pretendía.  Violencia en la calle.  Amadeo volvió a gritar y se dio la vuelta.  Cruzo la calle.  La noche ya era noche y solo estaba iluminada por las luces de la calle del alumbrado público de la ciudad.

     Aurelia iba gritando blasfemias, pero el volumen de su parlante y sus gritos hacían unísono lo inentendible de esos gritos.  Había muchas particularidades en esa mujer.  Una era su pulcritud, su pelo negro azabache amarrado siempre con cintas de colores.  Su parlante siempre en funcionamiento y su pálida juventud.  Ella venia de Cerro Alegre.  Su familia hacia lo que podía por cuidarla.  Su tía Graciela decía que la locura era hereditaria, que hubo varios locos en la familia.  Y así transito su vida diagnosticada por un par de prestigiosxs académicxs de la medicina.  Ella estaba loca, caminaba hablando en un tiempo que no transcurrió, su música, sus pensamientos permanecían ahí, como un cumulo de todo que eran nada. Cavilaciones propias, reales, con nociones fuertes y el quebranto de la norma, que hacía que percibiera muy sensiblemente a esos ojos acusadores de lxs normadxs que no comprenden, que no toleran ni empatizan con lo otro que les es extraño e incomprensible.  La obligatoriedad de ser normal sin preguntarse qué es la locura en realidad para nosotrxs.  Una pregunta que tiene respuesta social y mucha responsabilidad.
     Aurelia cruzo la Av. Brasil y se paró frente al puesto de papas fritas, busco en sus bolsillos y saco quinientos pesos.  Se compró un combo chico.  Camino compenetrada en sus papas fritas.  A unos pasos de ella estaba Amadeo que volvía de la botillería con una botella de whisky en su mano izquierda y escondía la faca que tenía en su mano derecha a sus espaldas.
     Volvió enfurecido, blasfemando sobre las conchas de las madres de los tres hombres que habían hablado con él momentos antes.

     - Por la shusha… ¡Concha su madre! ¡Webones de mierda!  Los voy a matar.  Ustedes no saben quien soy. ¡Webones de mierda! ¡Concha su madre! ¡Salgan cagones! ¡Qué aquí les voy a esperar!

     En el mismo momento que Aurelia pasaba por delante del enrejado de los puestos, escucho los gritos de Amadeo.  Con su parlante ya colgando, tiraba las papas fritas por el aire y se abalanzaba sobre Amadeo creyendo que él, en su griterío, se estaba refiriendo a ella.

     - ¡Concha tu madre tu pos webon! Le grito ella.  Luego se hizo un inentendible cumulo de insultos en voz más que alta.  Amadeo le gritaba, - Loca, qué te pasa. ¡Déjame!  Entre el forcejeo y los manotazos y arañazos que ella hacía en la cara de él, la botella de whisky se estrola en el piso.  Enfurecido Amadeo con ese acto y enceguecido, clava cinco veces la faca en el abdomen de Aurelia, que seguía gritando desaforada.  Ella fue madre.  Para ella había que respetar a las madres y nunca más iba a dejar que alguien le diga mala madre aunque sentía fuego en su abdomen, aunque sienta que su sangre tibia se saliera por sus entrañas.
     Ella cayó al piso de la vereda de la calle Bellavista, en la puerta del enrejado que protegía a un par de puestos.
     Amadeo quedaba con la vista perdida hacia el mar como buscando que sus aguas lo limpien de tanta sangre.  No se movió hasta que sintió muchas manos que lo sujetaban y tiraban al piso.  Gritos de horror que escuchaba de otras gentes que pasaban por el lugar.
     Valparaíso se llenaba de aire tibio y olor a café intenso.  El aire húmedo del mar y su sabor a sal.

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