En sus manos se quemaba cada una
de las poesías que escribía. Los papeles
ardían sin explicación alguna. Ya las páginas de su arte estaban arruinadas
solo por el fuego. En el punto final de aquella heroica y singular aglomeración
de palabras sonoras que reflejaban sus sentimientos ardía.
Se esfumaban sus poesías, ya no podía
decir con sus palabras en papel lo que en su cuerpo atrofiado por los años y el
mal tiempo sentían. “No poder decir” era lo que en su mente retorcida se le venía
una y otra vez. “Cómo decirlo”, “no poder decir”.
Simplemente las poesías ardían. Eran
fuego una y otra vez. Sus lágrimas se agolpaban en sus ojos. No poder decirlo
era para perder la vida, era no poder trascender en el tiempo, nadie iba a
saber qué sentía si esas hojas, sus poesías, se prendían fuego.
Pensaba que su alma estaba quemándose,
pensaba una vez más en una simple maldición que debía sortear.
Pero simplemente sus palabras
eran devoradas por el fuego.
Quería recordar la primer poesía que
había escrito antes de que empiecen arder todas las que le siguieron. El ejercicio
de volver a escribir de igual forma aquellas palabras era casi un desafío, no
recordaba con exactitud la conjugación de los verbos, cómo había escrito cada
verso. Solo recordó el fuego en el papel en el último punto al finalizar la
escritura.
Pero intento recordar dónde había
perdido la última poesía antes de la primera que empezó a arder.
Revolvió su cuarto, su casa. La
busco hasta el cansancio; que se presentó casi como un eterno sueño. Solo durmió,
un tiempo demencial. Pesadillas, sueños
pesados, dientes en los sueños. Un temor
inmenso a la muerte se apodero de su alma.
Sus pensamientos se agudizaron en el letargo. El sueño no trajo calma
alguna pero sintió que confundía la realidad con aquellos sueños.
Volvió a escribir una poesía al
despertar, después de tan groseros sueños.
Pero su poesía al ser terminada se prendió fuego.
No puedo decir nada. Pero lo peor era que aquello no tendría que
suceder.
Mirando el papel quemado desde un
rincón lloro una y otra vez. Sus lágrimas no se secaban, no se terminaban y el
dolor se hizo carne. Se acento en su pecho quitando casi el aire. Aquello le dolía.
Se sentía morir porque vivía por sus poesías y a través de ellas decía, no
importaba bien qué, pero solo decía.
Al cabo de un buen rato de llanto
y dolor empezó a sentir en su cuerpo la necesidad de dejar todo, pero dejar una
huella. En medio de tanta angustia comenzó a escribir la poesía más bella del
mundo, nunca jamás nadie había dicho con palabras tan simples cosas tan bellas. Escribió cada palabra en su piel y cuando
termino de decir, su cuerpo se incineró.
"Si el fuego quema mi cuerpo, la realidad es que seré luz y calor, casi como el sol"
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