
Él esta ahí postrado en esa cama de hospital.
Tiene su cabeza rota, sus piernas y huesos quebrados.
Los médicos están viendo cuantas costillas se quebró. Yo hace dos días que estoy aquí. Él no tiene signos vitales. Parece muerto… solo lo parece.
No se puede creer como se salvo de ese impacto. Puede vivir pero en estado vegetativo.
Esta inerte ante mis ojos y en la misma vida…
Lautaro tenía una vida sin tregua a nada, una vida cruel, llena de miedos, casi vacía.
No había demasiado para él aquí.
Nadie sabía que decían sus ojos en realidad. Incandescentes, cristalinos. No mostraban casi nada de lo que él era capas de hacer.
Él no hacia reproches. Pero no era sincero. El silencio fue su martirio. Pero por qué siempre oculto todo. Prefirió hundirse. (Mejor no pensar lo que se le cruzaba por la cabeza) *Sus sentimientos lo traicionaban a cada instante.
Esta es la cuarta vez que intenta suicidarse. Con sus veintiún años acelero al tiempo sin pensarlo demasiado y sin duda alguna.
No sé por qué permití arrastrarme en su locura, ni siquiera sé si lo ame. Hoy sé que no lo amo, pero aun así estoy aquí.
El poder de observación que tuve siempre con él, me hacia saber cuando haría algo, pero nunca sabia en realidad lo que me esperaba.
Su madre esta descansando. Ella prefiere su muerte, a pesar de que es su hijo. Sabe que no quiere vivir.
Yo lo vi caer del quinto piso. Iba llegando a su departamento. Él es un mal estratega. No calculo que el toldo del local de abajo iba amortiguar su caída. Pero igual de todos modos se salvo. Si se puede llamar salvarse y estar en ese estado.
La muerte no lo debe aceptar…
Se dejo llevar por los juegos exotéricos que lo conducieron al abismo entre la vida y la muerte. Decidió morir, no lo logro en su primer intento de suicidio a los quince años. Corto sus venas de forma horizontal, no se desangro.
De ahí en más nunca fue el mismo.
Pasaron dos años cuando decidió el encierro y por el debía morir. Se encerró en el garaje de su casa y arranco el auto de su padre.
Yo estuve ahí.
Psicólogos, psiquiatras, antidepresivos… una vida inventando lo hacían ver mejor, pero no del todo.
Su tercer intento de suicidio volvió a fracasar. Solo yo sabía que estaba tomando todo tipo de drogas. Que estaba enfermo, la tristeza lo enfermo.
Su psicólogo decía que estaba mejorando, “no hay peor ciego que el que no quiere ver”.
La mayor parte del tiempo estaba patéticamente angustiado, fingiendo absurda felicidad.
Sus nuevos amigos.
No estaba acostumbrado a esas drogas, pero con ellas quería morir, por ellas era capas de morir. Su madre lo encontró en la madrugada de ese invierno, tirado en el piso del baño, pálido y ausente. Muerto por dentro. Roto por dentro.
Cuando le dieron el alta; su madre lo llevo a unas largas vacaciones. A su regreso lo internaron durante un año.
Cuando lo volví a ver me acuerdo que era como un sueño. Después de tanto tiempo estábamos otra vez juntos.
Arreglamos vernos en una plaza. Lo primero que hizo fue abrazarme, acaricio mi rostro y mi cabello sin decir nada. Con lágrimas en los ojos dijo: nunca más, nunca te voy a dejar…
Si estas dos mujeres, mamá y Josefina supieran que estoy aquí… bien. Que nada a dañado mi espíritu ni mis pensamientos más que esta vida llena de sin sentidos.
Estoy como lo quise siempre. En un abismo entre la vida y la muerte.
Si quiero estar en este mundo irracional solo mi alma tiene que elegir quedarse con mi cuerpo y me someto a la vida.
Yo nunca acepte este mundo. No me gusta este mundo.
Odio los espejos. Ellos muestran mi ser exterior, yo soy en realidad lo que mis ojos ven de mí, lo que mis oídos escuchan de mí. Así siempre supe quien era en realidad.
Mi espíritu es el que siempre sintió. Por eso mi cuerpo de casi nada sirvió. Esta es la última vez que intento dejarlo. No lo puedo dejar del todo… ahora veo mi cuerpo destrozado por la caída, que fue estupida, sin éxito.
La muerte se me hizo muy amiga, pero me acepta. Dice que no hay lugar para mi… no hay infierno, no hay paraíso. No ahí… nunca lo habrá.
Yo durante mi vida terrenal de éxtasis, descreí del amor, del poder, de los dioses, del hombre. Para mi no existe el castigo porque no existió maldad. Yo voy en busca de algo mejor, un paso terrenal de aire. Aquí estoy en un duelo feroz.
Esta es la cuarta vez que mi fiel duende indio me rescata, él no se distingue del bien y el mal. Su fuerza infinita. Sus convicciones pueden hacer sobre mí la más extraordinarias y terribles hazañas.
Cuando estaba en la ventana de mi departamento lo observe. Me llamo desde abajo solo con un gesto. No dude en ir con él… me colgué de la baranda del balcón, jugué con el abismo por un momento mientras charlaba con él.
Me espero con los brazos abiertos y me lance hacia él… mi duende indio… me prometió que viviría como yo lo deseaba.
No soy un fantasma, no estoy vivo, no estoy muerto, no soy un zombi. *Qué soy… no lo sé. Solo lo sabe él.
Su silbido, su canto indio que me llama.
No sufran por mi… esta vez regresen a casa.
Yo no quiero volver.
No puedo volver… yo no quiero volver.
¿Dónde va nuestra alma cuando aun no estamos muertos… cuando estamos entre el abismo de la vida y la muerte?
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